En el margen literario

Un proyecto literario de escritura y de docencia.


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Notas al margen del aula #2

El otro día leí por ahí en redes una paradoja de un tal Bennett (?) sobre el que nada he podido encontrar salvo la existencia de esta afirmación: uno tan solo puede imaginar en la medida de lo que sabe. Entendemos que es una paradoja porque cuestiona una de las creencias más extendidas sobre la imaginación: que es un territorio libre, ilimitado, casi espontáneo. Si solo podemos imaginar en la medida de lo que sabemos, entonces la imaginación no nace de la nada, sino que es una reordenación —a veces audaz, a veces torpe— de un saber previo. No inventamos mundos: desplazamos los límites del que ya habitamos.

Me encuentro a diario en el aula con chicos a los que les cuesta encender el motor de la imaginación; con frecuencia les pido que inventen historias y no hacen ningún esfuerzo: terminan rápido y ahorran energía con un no sé, no me se ocurre ná. Por vergüenza a pensar en voz alta, pienso unas veces; por solipsismo, pienso otras; por falta de conocimiento, como indica la paradoja, pienso ahora. En cualquier caso, esta idea es de crucial importancia transmitírsela: la imaginación es necesaria en la vida de uno para sortear obstáculos, esquivar piedras, imaginar salidas cuando el camino parece cerrado, ensayar futuros posibles antes de que sean urgentes y no quedarse inmóvil ante la primera dificultad, no como un don caprichoso, sino como una herramienta que se entrena, se alimenta y se amplía en la medida en que uno aprende, observa y se expone al mundo.

Para Spinoza, la forma más profunda de conocer no elimina la imaginación, sino que la usa. Las imágenes que pasan por el cuerpo y la mente no son un estorbo, sino parte del propio conocimiento. Comprender algo de verdad no es pensar en ideas abstractas, sino captar la realidad de manera directa, también a través de lo que sentimos y percibimos con el cuerpo. Desde ahí, Spinoza no entiende el conocimiento como una idea fría o lejana, sino como una imagen cargada de sentido. Conocer bien algo implica también un tipo de afecto: una comprensión que va acompañada de aceptación, de claridad y de una forma de amor intelectual hacia lo que se comprende, esto es, un niño no puede permitirse el lujo de no imaginar.


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Sirat (Óliver Laxe, 2025), película al margen

Hay películas, que tras verlas, te hacen pensar que no te han gustado. Hay películas, también, que aunque no te hayan gustado, las recomiendas porque crees que de algún modo merecen la pena. Sirat pertenece a los dos grupos. No he querido decir con ello que actualmente piense que la película es mala, pero sí que tras verla no te deja indiferente y que el sabor de boca es como mínimo extraño.

Una narración, desde luego, sugerente, que pretende que la mayor parte de las sensaciones recaiga sobre el espectador, del que se espera que no tenga adormilada su faceta activa para terminar de construir el relato. Uno tiene que poner bastante de su parte en varios tramos: Personajes sin apenas profundidad psicológica, diálogos prácticamente ausentes y algún que otro patinazo narrativo —¿qué hace, si no, un niño pequeño con su perro acompañando a su padre en la búsqueda de una hermana perdida, en mitad de una rave y de parajes casi apocalípticos?— podrían funcionar como argumentos en contra. Pero no pretendo yo ser Carlos Boyero.

La historia está claramente premeditada. El director sabe qué quiere provocar y cómo hacerlo, y conduce al espectador con firmeza hasta el impacto final que busca: asumir que la búsqueda no conduce a una revelación clara, sino al agotamiento, a la intemperie moral y a la disolución del sentido. Y, además, existen contrapesos que hacen que la película atrape y cale más de lo que uno espera: hay prosa visual en esos desiertos, en esos altavoces, en ese realismo sucio de una estética que parece retrofuturista tras la pantalla; hay trance en una estética deliberadamente limitada, casi insistente. Sirat tiene mucho de poesía existencialista: una búsqueda desesperada e infinita en medio de un mundo hostil, inhóspito, donde los lazos que unen a los personajes son primitivos, casi tribales.

Si el polvo y el desierto crean una potente atmósfera, el sonido añade a ella otro elemento que componen los verdaderos motores de la película. La música electrónica, insistente y repetitiva, no acompaña la acción: la somete. No subraya emociones ni marca clímax; induce un estado de trance que aplana el tiempo y desgasta al espectador. Y cuando la música cesa, el silencio no funciona como descanso, sino como exposición: quedan el cuerpo y la intemperie.

Me gusta, especialmente, que el director no abuse de la tentación distópica. Está ahí, pero solo lo justo y necesario, con una cierta sprezzatura: como un recordatorio de fondo, nunca como un subrayado. Y quizá sea en esa contención donde la película encuentra su verdadera fuerza.

En fin que, aunque no sea una película perfecta ni complaciente, creo que merece ser vista incluso si al terminar uno no sabe muy bien si le ha gustado. Quizá no sea una película que se disfrute, pero sí una de la que te hace hablar con amigos, cosa que me gusta más todavía. Si tienes alguna reflexión sobre ella, estaré encantado de oírla y, si no las has visto aún, ya sabes.


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Café dominical del 28/12

Es el último domingo del año y quizá sea el que mayor impronta deje en nuestro carácter. Independientemente de cómo nos pille: en una tasca borrachos con amigos, haciendo deporte en discordia con el resto de la humanidad, en familia si el diezmo poblacional no ha llegado aún a tu estirpe, trabajando si eres lumpen o solos, pero tranquilos.

Es el de mayor impronta y el malestar dominical llega: ya sea un instante en medio del gentío u horas en la pulcritud de la soledad, todos estamos obligados a rendir cuentas morales relativas a dónde estamos y cómo. Creo que no me equivoco si digo que a estas alturas, para la mayoría de nosotros, salga a la luz una pérdida, da igual el tipo que sea.

Se me viene Carver a la cabeza; en sus relatos, las reuniones familiares navideñas no reconcilian: tensan. La mesa se convierte en escenario de silencios torpes, alcohol mal digerido y una intimidad forzada que evidencia la grieta. No hay épica, hay resaca emocional. “Catedral” (1983) se sitúa explícitamente en Nochebuena. No es un detalle decorativo: es crucial. El narrador —un hombre hosco, celoso y emocionalmente obtuso— recibe en casa a un ciego, Robert, amigo de su mujer. El personaje del narrador encarna una Navidad concreta: acompañada, sin saber estar, compartiendo espacio, pero no intimidad. Entre lo que socialmente debería ocurrir y lo que ocurre hay un trecho, solo encontramos torpeza emocional.

Solo al final —dibujando juntos una catedral— se produce un gesto mínimo de conexión y no gracias a la Navidad, sino a pesar de ella. La redención, si existe, es privada, casi accidental, nada luminosa. La Navidad no es marco de conciliación, sino un amplificador de lo solos que estamos y de esto estamos obligados a darnos cuenta el último domingo del año.


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Notas al margen del aula #1

«Un profesor puede utilizar el mejor currículo y las escuelas, los mejores métodos de enseñanza, pero si las aulas son caóticas, los alumnos no aprenderán. La presencia de un compañero con mal comportamiento provoca que otros alumnos se comporten mal, diluye la instrucción y reduce el rendimiento de otros estudiantes.» O eso dice la aei.org. La afirmación no es pedagógica: es estructural. El estudio recuerda algo incómodo de asumir en el discurso educativo contemporáneo: el aprendizaje no empieza en el currículo, sino en el clima. Da igual la calidad del método o del profesor si el aula se convierte en un espacio imprevisible. El desorden no solo interrumpe: contagia, redistribuye la atención hacia lo improductivo y erosiona el tiempo común.

Lo relevante no es señalar al alumno disruptivo como causa moral, sino constatar un hecho empírico: el comportamiento tiene efecto sistémico. Cuando el aula pierde estabilidad, la instrucción se diluye y el rendimiento colectivo cae. La reflexión de fondo es clara: sin condiciones mínimas de orden, toda innovación didáctica es retórica. El aula no es un laboratorio ideal; es un ecosistema frágil.

Paul Auster en #FragmentosAlMargen

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Ayuno intermitente

Supongo que algunos hábitos se heredan sin querer y sin remedio. Por eso mi padre besaba el pan cada mañana, en silencio. Lo habría aprendido por el suyo, que huyó dejando una casa cerrada, una mesa puesta y una hogaza enfriándose sola. Yo beso, en lugar de este pan de cartón, las mañanas en ayunas, con las ventanas abiertas, para que se oree este falso hogar y entre aquel mismo silencio, sin saber ya si lo busco para sobrevivir o para aprender a huir cuando llegue ese día que se parece a todos los días.

#Microrrelato

Café dominical del 21/12

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Olga Tokarczuk en #FragmentosAlMargen

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Samanta Schweblin en #FragmentosAlMargen

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Enrique Vila-Matas en #FragmentosAlMargen

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