En el margen literario

Un proyecto literario de escritura y de docencia.

Notas al margen del aula #3

1 comentario

El otro día se formó un revuelo en redes sociales porque entrevistaron en El País a un tal Fernando Bonete y trataron principalmente el tema de los hábitos lectores de la sociedad. Mucha gente se le echó encima porque dio la simpar cifra de 140 libros leídos en un año. Es muy fácil caer en el tópico de que las masas enfurecidas de las redes sociales solo quieren carnaza y que criticarían por encima de sus posibilidades porque son gente que no tienen nada que hacer con sus vidas. Sin embargo, por muy disparatada que parezca cualquier tipo de opinión, sobre todo si conforma corriente, considero que vale la pena detenerse a analizarla.

Ante las duras reprimendas de un sector de las redes, este se justificaba diciendo que es profesor de universidad en letras, que es escritor y que, en definitiva, vive de leer, que es su sustento. Yo puedo afortunadamente decir lo mismo (en cuanto a que las letras son y han sido mi sustento y mi no-sustento), ahora bien, no sé cuántos libros me he leído ni un solo año de mi vida.

Mil veces he sucumbido a esos propósitos de año nuevo de contar todas las lecturas del año (este año también, más con el blog) y de hacer una valoración de todos y cada uno, y de realizar clasificaciones y de generar contenidos sobre esas lecturas… es decir, de exponer públicamente lo listo que soy y lo mucho que leo. Sin acritud: está bien ser listo y leer mucho, pero, ¿cómo se cuantifican las lecturas de un año? Yo, al cabo de un año, si me pongo a pensar, probablemente lea centenares de inicios de libros, deje decenas a medias, lea fragmentos y fragmentos y más fragmentos, acudo a libros que tengo que explicar y que ya me he leído una y otra vez, leo artículos, capítulos de obras… ¿cómo se cuenta eso? De hecho creo que habrá años en los que según esas cuentas que hace la gente en redes sociales, saldrá que he leído bastante poco, por no decir nada, cuando me he pasado el año rodeado de lecturas.

Me confieso públicamente: me cuesta muchísimo acabar una obra. Hay obras que me encantan y que no he acabado. Si no tienen el suficiente combustible como para hacer que no pueda dejar de leer, difícilmente la leeré con detalle de cabo a rabo. Y son muy pocas las obras que consiguen hacer eso conmigo.

Me confieso públicamente: me cuesta muchísimo acabar una obra. Hay obras que me encantan y que no he acabado. Si no tienen el suficiente combustible como para hacer que no pueda dejar de leer, difícilmente la leeré con detalle de cabo a rabo. Y son muy pocas las obras que consiguen hacer eso conmigo.

En el aula suelo ver los hábitos de mis compañeros docentes con las lecturas OBLIGATORIAS, no son pocos los que se limitan a decirles el título, el autor(a) y la fecha del examen —no los culpo: a veces las lecturas son un muermo por imposiciones departamentales, no da tiempo para más en el trimestre, preparar sesiones con las que trabajar las lecturas requiere de muchísimo tiempo y son muy poco agradecidas a veces, etc.—

Yo suelo negarme a ello y procuro hacer sesiones de lectura en el aula (sesiones que pueden resultar desastrosas): venderles la lectura (qué poco se dejan vender algunas), explicarles el contexto necesario, leer en voz alta, plantear temas existenciales del libro para que opinen… Como no queda más remedio, tengo que evaluarlos de algún modo, tengo que cuantificar cómo de bien se han leído el libro, ¿cómo se hace eso? Por descontado, no menos de una quinta parte del grupo no se ha leído ni se leerá el libro y la mayoría de desertores aprobarán el examen, el trabajo o la prueba que ponga porque no hace falta leerse un libro para saber de un libro además de que ¡mi trabajo no es el de un inquisidor!

Dado este panorama, lo único que busco es que manoseen los libros, que lean como personas no analfabetas, que el libro les incite a reflexionar de algún modo, que despierte en ellos algún tipo de actitud crítica (cada día sé menos lo que significa) y, sobre todo, que sean capaces de verle el atractivo y la necesidad: los libros son a la cabeza lo que la comida al estómago.


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Autor: (Literatura) en el margen

Escritor. Profesor. Doctor.

Un pensamiento en “Notas al margen del aula #3

  1. Avatar de dovalpage

    Esta frase es muy cierta: «los libros son a la cabeza lo que la comida al estómago.» La comparto con mis alumnos…el semestre empieza el lunes próximo.

    Nunca he llevado la cuenta de los libros que leo, pero después de leer tu artículo me puse a husmear a mi kindle. El año pasado bajé más de 40 libros, de los cuales leí 30 (diez estaban insufribles), más cinco o seis en papel. Me sigue gustando el libro en papel, pero mis pobres ojos agradecen la letra grantota que se puede poner en kindle.

    Gracias por tu artículo.

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