En el margen literario

Un proyecto literario de escritura y de docencia.

Café dominical del 11/01

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Se puede uno tomar su café del domingo igual que Kafka fue a echarse unos largos a la piscina aquel 2 de agosto en el que escribió: «Hoy Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde fui a nadar».

Apenas ha empezado el año y ya no sé cuántos titulares van en los que parece que va a estallar un conflicto bélico mundial. Todas estas noticias aparecen entremezcladas con miles imágenes hechas con inteligencia artificial convertidas en bulos y memes y uno ya solo parece poder sentir una especie de náusea emocional con la que se le indigesta hasta el café. Nada de esto parece que vaya a acabar bien, lo único que está por ver es cuándo y de qué forma ocurrirá. Lo peor de todo esto es la impotencia y la frustración que nacen de la incapacidad. Ni la acción individual ni la colectiva parecen ser capaces de alterar ni un solo grado el rumbo de la humanidad. Nos hemos convertido en cifras oscilantes, en datos monitoreados por instancias que no controlamos, hemos sido reducidos a algoritmos, predecibles y por lo tanto controlables, y no parece haber escapatoria. Por eso la acción se vuelve cada vez más difícil y el lenguaje empieza a fallar: no porque falten palabras, sino porque ya no parecen tener efecto.

Quizá el primer síntoma de esa impotencia no sea la violencia, sino la imposibilidad de hacer nada. Hay un momento clave en la obra de W. G. Sebald, en Austerlitz —donde se nos cuenta la historia de un hombre que se ve en la obligación de reconstruir su pasado al descubrir que su infancia fue una huida, una separación forzada y una vida levantada sobre el silencio— en el que el narrador deja de poder escribir. Cuando comienza a descubrir cuál es su historia a través del personaje y de todos los años que ha estado investigando llega un momento en que seguir funcionando con normalidad —leer, ordenar, redactar— se vuelve moralmente imposible, porque el mundo interior ya no admite ese orden.

En Austerlitz no hay estallido, no hay catástrofe visible. Hay una parálisis lenta, como esta que nos acontece a todos mientras, impasivos, leemos titulares, memes y bulos sin parar, mientras llevamos a cabo una retirada del lenguaje, que es exactamente la forma que adopta la catástrofe en Sebald. También ahora la historia parece avanzar sin ruido, mientras a nosotros solo nos queda asistir, sin capacidad real de maniobra, hacia el final de un precipicio. No quiero sonar apocalíptico, no es el fin del mundo: es solo otro domingo.


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Autor: (Literatura) en el margen

Escritor. Profesor. Doctor.

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