
El otro día leí un artículo de Carmen Posadas que me gustó especialmente. Se titulaba Elogio de la repetición y reflexionaba, entre otras cosas, sobre el aprendizaje y la virtud silenciosa —pero decisiva— que la repetición ejerce en él.
«¿Otra vez vamos a ver esto?», «eso ya me lo sé», «¿más ejercicios iguales?». Los alumnos se quejan a menudo de hacer lo mismo una y otra vez. Les cuesta tolerar la monotonía, el quehacer diario de abrir el libro, el cuaderno y escribir. Sin embargo, para mí es fundamental que escriban todos los días: que encuentren cierto placer en esa rutina de copiar, de memorizar, de repetir un mismo trazo caligráfico con la intención de mejorarlo, aunque sea de forma casi imperceptible.
Enseguida aparece la sensación de “visto uno, vistos todos”, y no hay nada más erróneo. No hay mayor maestra que la experiencia, y esta no es otra cosa que repetición sostenida en el tiempo. Aprendemos porque volvemos a pasar por lo mismo, porque regresamos a los mismos gestos y a los mismos ejercicios; y lejos de estrecharnos, ese retorno constante ensancha la mirada.
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