«Mi vida casi toda es mentira. He engañado a todos, empezando por mí. Y debo de ser tan bicho que ni siquiera tengo muy claro que haya mentido a nadie. Lo que pasó es que de pronto empezaron a hacerme preguntas y yo respondí. Pero yo no he dicho ninguna mentira que no haya sido una respuesta a algo».
Primer café de un mes a estrenar. Tras un febrero que siempre resulta incompleto, hoy lo he hecho más espumoso que de costumbre. El sol cae limpio, todo reverdece y la primavera parece bullir, impaciente, como si no supiera demorarse. Comienza marzo y, otra vez, el rumor de una guerra. Ni siquiera han esperado al cambio de calendario: ayer Estados Unidos e Israel lanzaron ataques sobre Irán y la palabra “escalada” volvió a ocupar titulares. Mientras aquí florecen los almendros, en otros lugares se afinan misiles.
La espera retratada en novelas con climas prebélicos siempre tiene mucho que enseñar. No hace tanto volví a El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati. En ella, un joven oficial, Giovanni Drogo, es destinado a la Fortaleza Bastiani, un puesto fronterizo aislado frente a un desierto al que iban llegar los tártaros. Al principio lo vive como un castigo provisional, una estación de paso antes de regresar a la ciudad y a la vida verdadera. Sin embargo, la fortaleza tiene algo hipnótico: el horizonte vacío, las guardias repetidas, los informes minuciosos sobre movimientos que nunca se confirman. Los años pasan entre rumores, pequeñas alarmas, sombras en la distancia que parecen anunciar por fin la invasión. Cada señal reaviva la ilusión de que el gran acontecimiento está a punto de producirse. Los oficiales envejecen esperando esa prueba definitiva que dé sentido a su carrera y a su sacrificio.
La novela termina cuando envían al protagonista fuera de la fortaleza porque ya no está en condiciones de combatir. Drogo se encuentra solo, en una habitación de posada, enfrentándose a la muerte lejos del escenario heroico que había imaginado. No hay batalla gloriosa. No hay redención pública. Solo una aceptación íntima y sobria de su destino. Ahí está la grandeza del final: Buzzati no habla de guerra, sino del autoengaño de creer que nuestra vida será legitimada por un gran acontecimiento futuro.
Quizá por eso convenga desconfiar de la espera cuando se disfraza de destino. La primavera no espera a que el calendario esté listo: bulle, irrumpe, florece aunque nadie la haya convocado. Drogo aguardó toda una vida el momento que debía justificarla y, cuando por fin pareció asomar, ya no estaba en condiciones de vivirlo. Tal vez la lección sea más sencilla de lo que creemos: la vida no va de vigilar el horizonte hasta que algo grandioso ocurra, sino de habitar el presente mientras el mundo, con su ruido y su violencia, insiste en estallar. Marzo empieza hoy. No sabemos qué traerá. Pero sí sabemos algo elemental: empezar a vivir rodeado de guerra es otra forma más de derrota.