—Solo me deja llevarlo un rato. —¿Por qué? —Porque dice que es muy caro y que lo voy a perder, pero que algún día será mío. —¿Cuándo? —Dice que cuando muera. —¿Y dónde está ahora? —No lo sé. Hoy no volvió para comer. —Una ambulancia dobló la esquina sin sirena. Las farolas acababan de encenderse.— Ya es tarde, anochece, deberíamos irnos. —¿Y tú sabes leer la hora? Yo sí sé. —¿Me la dices? —No es esa hora, está adelantado. —Siempre llega pronto a los sitios. —Entonces tendrás tu reloj pronto.
Imagínense a un tipo con una imagen bastante desmejorada, casi sarcopénica, y una vestimenta totalmente desaliñada, subido al escenario. Tan solo tiene a su banda y, eso sí, unos potentes altavoces —quizá sea el único exceso de todo el atavío— con los que hacer retumbar todos los alrededores. Ha entrado en escena y el camino que ha realizado desde bastidores, con toda seguridad, es el camino más largo que va a realizar durante toda la actuación. Se planta erguido delante de todo el gentío, en posición hierática, sosteniendo su guitarra eléctrica y las masas se debaten entre el silencio y los vítores, como ante una aparición.
Imaginen que, a pesar de todo lo dicho, su presencia escénica resulta arrolladora. La muchedumbre queda boquiabierta, hay gente de varias generaciones reunidas para presenciar la ceremonia sagrada a la que se han ido sumando adeptos a lo largo de décadas sin necesitar discográficas, promociones de discos, campañas publicitarias… nada. El escenario a duras penas lleva un cartel con el nombre de la banda, y no es por falta de medios. Es música, es arte, no necesita adornos. Porque es de la de verdad, claro. Y de los allí presentes no lo duda nadie: se ha convertido en el bardo de su tierra a golpe de himnos que han atravesado las rendijas de las almas que los han escuchado, haciendo que trasciendan aunque sea tan solo un instante. Ese es el poder del arte. ¿Cómo lograr algo así?
Imagínense que este tipo se erigió adalid del rock en Extremadura, una de las regiones menos dadas a que pudiera ocurrir algo así, y que para hacerlo tuvo que pedir por adelantado unas miles de pesetas a sus vecinos para poder sacar su primer disco; que su música trató de trasgredir todo lo inimaginable, incluso a los más trasgresores, y que, tras haberlo conseguido, se dedicó a cantarle al amor.
Imagínense que este cantante supiera desde el inicio de su andadura que el arte se encontraba en el amor, en la rabia, en lo salvaje y en lo romántico y que para alcanzarlo tan solo tuviera que seguir su instinto y alejarse de las mayorías porque estas son idiotas. Imagínense que desde un primer momento supiera que para poder transmitirlo como quería supiera que tendría que hablar como habla la gente, como siempre se hizo en su tierra, sin tapujos ni filtros, siendo un malhablado si es necesario, porque la poesía y el arte no entienden de modales, pero sí necesita de esa ley innata —como dijo Cicerón— para alcanzar las verdades universales.
Ahora imaginen que se apagan los focos y el artista se marcha porque ya terminó la función —lo avisó, aunque no lo quisimos ver: «quédate escuchando esta canción que yo me tengo que marchar»—, y el público queda allí, a oscuras, con el eco aún suspendido en el aire y la intuición de que, de algún modo, tendrá que seguir sin él, huérfano, al igual que han quedado huérfanos el rock, la poesía, el arte y Extremadura.
Disculpen por el socorrido «imaginen», porque cuesta creer que algo así haya sucedido de verdad.
«Otro generador de vejez es el hábito: el mortífero proceso de hacer lo mismo de la misma manera a la misma hora día tras día, primero por negligencia, luego por inclinación, y al final por inercia o cobardía.» Edith Wharton.
Rescato aquí la que fue la primera entrada de un blog que inicié en junio de 2020:
Inauguro este blog desde el viejo escritorio de mi casa, no sé muy bien por qué. Supongo que para escribir algo, por salir de vez en cuando de la rutina: a rachas de opositor, otras de doctorando o incluso de profesor; resulta curioso echar la vista atrás y ver cómo nos embarcamos en un sinfín de proyectos en los que vamos dejando algo de nosotros en cada uno de ellos, fragmentando nuestra identidad hasta componer un deforme lienzo. La línea de la vida avanza y arrasa con todo, solapamos una tarea con otra, seguimos adelante sin saber cómo, improvisamos una y otra vez y no tenemos tiempo para pararnos a pensar tan siquiera cómo hemos llegado hasta ese punto, pero ahí vamos: poniendo unas actividades en pausa, retomando otras, comenzando estas, finalizando aquellas… estamos constantemente en movimiento, naufragando, dispersando nuestra identidad como pecios a la deriva, sabiendo que todo aquello que hacemos nunca va a volver y convirtiéndonos en algo cada vez más disperso y desconfigurado. ¿Opositor, doctorando, docente?, ¿cuándo me ha ocurrido todo esto? Y lo peor de todo: no me queda más remedio que seguir y convertirme de forma impostada en algunas de esas cosas, estrafalarias máscaras de mi verdadero rostro: el de un holgazán. Afortunadamente solo son eso: rachas.
Tanto tiempo lleva ya uno devorando libros, manuales, temas, artículos, estudios, reseñas, tesis, resúmenes… textos, simplemente textos —words, only words— que, al final, tras tanto empacho, uno tiene que expeler de algún modo. El caso es que, ahora que lo pienso, todos estos proyectos los he llevado acabo desde mi viejo escritorio. Nunca había reparado en ello. Y mira que es raro, con lo rápido que va todo en estos tiempos en los que todo es de usar y tirar. Todo ha cambiado en mi vida, idas y venidas constantes de aquí para allá, gente entrando y saliendo por numerosas puertas: Sevilla, Cáceres, Madrid… Mismamente esta ventana por la que ahora miro y de la que forman parte esta mosquitera mal colocada y estos geranios y por la que si me incorporo observo el huertecillo con el que tanto esmero cultiva mi padre, cada día más viejo. Todo ha cambiado, todo, pero no mi viejo escritorio.
Inauguro este blog como tantos otros proyectos similares que siempre he acabado abandonando. «Quizá este sea el bueno», me digo siempre. Pero claro, uno no es tonto y ya, cuando es el vigésimo tercer proyecto que trunca, se va dando cuenta de que es posible que este tampoco salga a flote. Es pensar esto y oír desde el fondo del trastero: «No lo será. Nunca…». «Aunque quizá esta sí lo sea», irrumpe otra voz alentadora, casi sin dejar terminar a la otra y con un tono más elevado, tratando de imponerse — en vano. Porque vuelvo a fracasar. Cada vez fracaso mejor en el verdadero sentido beckettiano.
Mi escritorio siempre ha sido viejo. Tiene numerosos garabatos hechos con la aguja de acero de un compás: nombres de novias de mi infancia con corazones, grafitis, infructuosas quemaduras de cerillas, clavos y tornillos aflojados… Cuando yo nací ya estaba en mi habitación, lo heredé de mi hermano. Cuando era pequeño sus dimensiones me venían grandes. Ahora me resulta demasiado estrecho, mis rodillas golpean con los libros de las baldas que hay su interior; apenas caben el portátil y un cuaderno. Quién le iba a decir este escritorio que tanto ha albergado —¿qué libros serían los primeros que sostuvo? No lo sé. En cambio si sé qué clase de drogas se han guardado en estos cajones— que me iba a ver aquí, desde que comencé a aprender a leer hasta ahora, todo un ciclo lleno de curvas vertiginosas e inauditas. Ahora que lo pienso, estoy seguro de que mi viejo escritorio es mi mejor confidente… ha sido una constante, siempre ha estado ahí, mudo, presenciando toda mi vida que ahora veo pasar a gran velocidad y con fogonazos, algunos de los cuales me abochornan.
Tengo que configurar este blog y no sé qué apariencia darle. No sé cómo titularlo, no sé qué imagen poner de fondo, no sé qué dirección web otorgarle. Bueno, quizá deba retrotraerme a cuestiones más elementales: ¿Está desfasado escribir en blogger? O, aún más: ¿cómo coño he llegado hasta aquí? Acciono la palanca de mi silla, me molestan las rodillas golpeando contra el bajo del cajón por arriba, y contra el lomo de los libros que sostienen las baldas.
Sinceramente, no sé cuáles son mis pretensiones, la verdad. ¿Qué intenciones puede tener uno cuando escribe un blog? Se escriben blogs para hacer reseñas sobre obras, para escribir un diario, para dar su opinión sobre ciertos asuntos… no sé, temas que resultan escabrosos e inútiles para mí. Me veo incapaz de realizar cualquiera de esas labores. No creo que sirva para nada de eso. Yo solo sé divagar; si acaso, como dice Sándor Márai, responder con mi vida entera a las preguntas más importantes. Dime tú para qué sirve eso… en fin, qué más da.
Quizá vuelva por aquí. «O no», creo oír al fondo del trastero, pero no, es mi padre, que ya va a regar el huerto. Iré a echarle una mano. Ocurra lo que ocurra, seguro que lo haré desde este castillo que es mi viejo escritorio.