Esta semana toca hablar de cierres como el del portazo que el domingo da a la semana. En estos últimos días ha sido noticia el cierre de la librería de Malasaña, Tipos Infames, librería que pisé una única vez, creo.
Los dueños, con su ropa vintage, sus bigotes y sus pelucas, hablan de que les ha expulsado la gentrificación —¿por qué no mencionan al fondo que les ha untado?—. Los medios se han hecho eco y la polémica se ha servido, mucha gente sugiere que quizá también haya tenido que ver el hecho de que son un tanto cretinos.
Una de las reflexiones más lúcidas que leí hablaba acerca de cómo todos coincidimos en odiar la gentrificación pero debemos recordar qué significa: la gente joven y guay que llega al barrio y lo hace atractivo es parte del proceso que acabará expulsándolos porque su supervivencia depende de todo el proceso especulador que crecerá a su alrededor.
Hay novelas que ya contaron esto sin necesidad de hashtags ni polémicas: cuando el proceso avanza, nadie queda fuera del radio de devastación. Y una de ellas es Crematorio (2007), de Rafael Chirbes. En Crematorio asistimos al proceso de destrucción de una ciudad en la costa levantina por el boom. En ella se despliega un coro de voces conformado por políticos, arquitectos, antiguos militantes de izquierdas, intelectuales, trabajadores, familiares… Todos están ligados al dinero, a la comodidad y a la idea de progreso; todas ellas van devorando cualquier resto de ética, de paisaje y de memoria.
La especulación no es algo externo, es una red en la que todos estamos dentro. Dejemos de fingir que somos espectadores. El portazo del domingo, el de la librería que baja la persiana, el del barrio que cambia de manos: todo forma parte del mismo movimiento lento e implacable. No hay un afuera limpio desde el que indignarse. Solo la incómoda certeza de estar dentro participando mientras algo se acaba.

