Este domingo me tomo el café en casa, cómodo, calentito, mientras ahí fuera hace frío, llueve y el viento golpea con fuerza. El tiempo ha estado así durante toda la semana. Leo las noticias y los titulares también han sido los mismos durante estos días: cuerpos paramilitares disfrazados de agencia civil estatal aplicando purgas étnicas a un lado del charco, y a este lado hablando de los beneficios y perjuicios que pueden causar la regularización masiva de inmigrantes. Es como si el tiempo quisiera recordarnos de algún modo la realidad que no somos capaces de ver: nadie está a salvo en ninguna parte.
Tras pensar en ello recuerdo La fila india (2013), de Antonio Ortuño. En ella, Irma, una trabajadora social y funcionaria del Estado, es enviada a una ciudad al norte de México para reabrir y gestionar un albergue de migrantes tras una matanza que acabó con la vida de muchos de ellos. Tratará de normalizar la situación: intenta aplicar protocolos, discursos humanitarios y procedimientos legales, pero la realidad se impondrá, pues la ciudad está plagada de corrupción, de violencia, de machismo y de crimen. Irma va tomando conciencia de que su trabajo no cambia nada: sirve para dar una imagen de legalidad y calma mientras el sistema sigue triturando vidas. La migración no es un problema humanitario mal gestionado, sino un negocio y un dispositivo de control. Es el resultado de ponerle precio a nuestras vidas.
Afuera sigue lloviendo. El viento arremete contra los que no pueden refugiarse. Quizá por eso el sistema insiste tanto en regularlo todo: para no admitir que, mientras yo me tomo este café, alguien tenga que estar a la intemperie, haga el tiempo que haga.

