«En su año cuarenta y tres de vida, William Stoner aprendió lo que otros, mucho más jóvenes, habían aprendido antes que él: que la persona que uno ama al principio no es la persona que uno ama al final, y que el amor no es un fin sino un proceso a través del cual una persona intenta conocer a otra.»
Este domingo me tomo el café en casa, cómodo, calentito, mientras ahí fuera hace frío, llueve y el viento golpea con fuerza. El tiempo ha estado así durante toda la semana. Leo las noticias y los titulares también han sido los mismos durante estos días: cuerpos paramilitares disfrazados de agencia civil estatal aplicando purgas étnicas a un lado del charco, y a este lado hablando de los beneficios y perjuicios que pueden causar la regularización masiva de inmigrantes. Es como si el tiempo quisiera recordarnos de algún modo la realidad que no somos capaces de ver: nadie está a salvo en ninguna parte.
Tras pensar en ello recuerdo La fila india (2013), de Antonio Ortuño. En ella, Irma, una trabajadora social y funcionaria del Estado, es enviada a una ciudad al norte de México para reabrir y gestionar un albergue de migrantes tras una matanza que acabó con la vida de muchos de ellos. Tratará de normalizar la situación: intenta aplicar protocolos, discursos humanitarios y procedimientos legales, pero la realidad se impondrá, pues la ciudad está plagada de corrupción, de violencia, de machismo y de crimen. Irma va tomando conciencia de que su trabajo no cambia nada: sirve para dar una imagen de legalidad y calma mientras el sistema sigue triturando vidas. La migración no es un problema humanitario mal gestionado, sino un negocio y un dispositivo de control. Es el resultado de ponerle precio a nuestras vidas.
Afuera sigue lloviendo. El viento arremete contra los que no pueden refugiarse. Quizá por eso el sistema insiste tanto en regularlo todo: para no admitir que, mientras yo me tomo este café, alguien tenga que estar a la intemperie, haga el tiempo que haga.
«El resto del tiempo, intentando olvidarme de que me duelen los brazos, el estómago, el nabo. Para escribir, hay que superar el dolor, dolor físico, las articulaciones, la molesta sonda, pero también el otro. El dolor no te da nada, puede ser que al principio sí que te ayude a conocer algo más: comprobar que la caverna humana es aún más oscura de lo que crees, pero luego, a partir de un momento, te quita la piel, te deja desnudo».
Tenía un tanto abandonada esta sección y qué mejor obra para retomarla que Taller de corte y corrección, del escritor y docente argentico Marcelo Di Marco. Es una pena que esta obra no esté en físico en España y que me haya tenido que dejar los ojos en el ordenador para degustarla porque digo, sin exagerar, que es uno de los mejores manuales para la creación literaria, un género del que me considero un fiero devorador. Y digo esto porque a medida que leo más libros sobre el asunto más cínico me vuelvo, aunque quizá tenga que ver también con mis expectativas: ando con la firme esperanza de encontrar el manual perfecto que me convierta en el escritor que quiero ser. Lógicamente, esa obra jamás la he encontrado, más que nada porque no existe ni existirá, pero, sin lugar a dudas, si hay alguna que se le parezca, me atrevería a decir que es esta.
Taller de corte y corrección da lo que promete desde el título: un manual para costureros. Es de los manuales que más baja al barro en cuestiones de estilo: tiene larguísimas listas de consejos y pone cientos de ejemplos reales en los que propone pequeñas variaciones sobre una misma oración o texto para que veamos el efecto que añaden, por ejemplo, en el uso de los verbos de movimiento o de los signos de puntuación.
Uno de los grandes aciertos de Taller de corte y corrección es su insistencia en la escucha del texto: el oído como órgano crítico. No es casual que Di Marco vuelva una y otra vez a la puntuación, a la coma, al ritmo, a la frase que respira o se ahoga (Escribiendo en coma, Cuestión de oído, Ingeniería de sonido). Aquí la corrección no es un gesto normativo, sino una forma de atención: aprender a detectar cuándo una frase pide silencio, cuándo sobra músculo y cuándo el texto necesita adelgazar para empezar a decir algo. La lección es clara y poco complaciente: escribir mejor no es añadir, sino saber quitar. En ese punto aparece con fuerza la figura de Abelardo Castillo, no solo como autor citado, sino como maestro ético del oficio. Di Marco lo recupera como modelo de rigor: corregir es asumir responsabilidad, no refugiarse en la espontaneidad ni en el mito del genio inspirado. La famosa “santa tijera” no es censura, es conciencia. Castillo encarna esa idea incómoda y liberadora de que el estilo no es un don, sino una conquista lenta, hecha de reescrituras, de fracasos y de renuncias deliberadas. Por eso el libro funciona tan bien como manual y como vacuna. Frente al exhibicionismo estilístico, propone claridad; frente a la verborrea, contención; frente a la pose, trabajo. En capítulos dedicados a la elipsis, a la condensación, al punto de vista o a la relación con el lector (No escribir más de la cuenta, El todo es mayor que la suma de las partes, Pensando en el otro), Di Marco deja una enseñanza que atraviesa todo el volumen: corregir es una forma de respeto, hacia el texto y hacia quien lo lee. Y quizá por eso este libro no promete convertirte en escritor, pero sí algo más raro y más valioso: ayudarte a no mentirte mientras escribes.
Como podéis comprobar, me deshago en halagos hacia este manual, pero es que los merece. No porque prometa atajos ni fórmulas mágicas, sino porque enseña algo más difícil y más honesto: a leer lo que uno escribe con rigor, a desconfiar de la primera versión y a asumir que escribir bien es, casi siempre, saber corregir a tiempo.
Ahora mismo tengo pendiente una pila de trabajos por corregir, otra de exámenes; tengo que diseñar los exámenes de un grupo, los trabajos que van a realizar los otros, las rúbricas con las que los voy a evaluar, las actividades que van a hacer entre una cosa y otra, los documentos burocráticos que tengo que rellenar para justificarlo todo, la burocracia de las actividades extraescolares que quiero hacer… mejor paro.
Con el dichoso enfoque competencial ha cambiado algoen el sistema educativo, y para los que casi empezamos a rodar con él es raro el que no anda desbordado de trabajo. Que los alumnos muestren sus «competencias» y no sus «conocimientos» se traduce básicamente en una cosa: que el trabajo recaiga sobre todo en el profesor y no en el alumno.
Los pilares sobre los que se sostiene este enfoque, lejos de contrarrestar, agravan el problema. Pensemos, por ejemplo, en las tecnologías: son un páramo en el que hay que edificar constantemente. No solo porque son plataformas que necesitan de nuestra mano de obra para estar constantemente metiendo información y retocándola, es que encima se están renovando constantemente; cada cinco años —y muy probablemente esté exagerando— las plataformas con las que diseñábamos actividades se quedan obsoletas —¿os acordáis de Kahoot?—.
Buena prueba de todo esto que digo también está en los libros de texto: cada vez son más delgados y cada vez tienen más dibujos y colores por todas partes. Por no hablar de aquellos que pertenecen a editoriales que te están constantemente recomendado sus propios libros: hay libros de Lengua que parecen catálogos de literatura juvenil. Tengo que estar constantemente buscando teoría para complementar. Tengo que estar constantemente buscando actividades con las que reforzar y ampliar. Tengo que estar constantemente haciendo fotocopias y material de todo tipo.
Pero no venía yo a quejarme, sino, todo lo contrario, a dejar por escrito el mejor consejo que me han dado últimamente y que provenía de alguien que sabe bastante más que yo de esto: «deja que los chicos hagan». Esas palabras fueron como un soplo de aire fresco que me devolvió el aliento. Desde que las escuché, trato de girar un poco la rueda, de simplificar todo el proceso, de volver a mirar hacia la adquisición de sus conocimientos, centrarme en que ellos formen parte desde el inicio de los procesos, en que se acostumbren a escribir más y a prestar atención a lo que hacen, en trabajar con más pausa y calma y en que trabajemos los dos por igual.
Esta semana toca hablar de cierres como el del portazo que el domingo da a la semana. En estos últimos días ha sido noticia el cierre de la librería de Malasaña, Tipos Infames, librería que pisé una única vez, creo.
Los dueños, con su ropa vintage, sus bigotes y sus pelucas, hablan de que les ha expulsado la gentrificación —¿por qué no mencionan al fondo que les ha untado?—. Los medios se han hecho eco y la polémica se ha servido, mucha gente sugiere que quizá también haya tenido que ver el hecho de que son un tanto cretinos.
Una de las reflexiones más lúcidas que leí hablaba acerca de cómo todos coincidimos en odiar la gentrificación pero debemos recordar qué significa: la gente joven y guay que llega al barrio y lo hace atractivo es parte del proceso que acabará expulsándolos porque su supervivencia depende de todo el proceso especulador que crecerá a su alrededor.
Hay novelas que ya contaron esto sin necesidad de hashtags ni polémicas: cuando el proceso avanza, nadie queda fuera del radio de devastación. Y una de ellas es Crematorio (2007), de Rafael Chirbes. En Crematorio asistimos al proceso de destrucción de una ciudad en la costa levantina por el boom. En ella se despliega un coro de voces conformado por políticos, arquitectos, antiguos militantes de izquierdas, intelectuales, trabajadores, familiares… Todos están ligados al dinero, a la comodidad y a la idea de progreso; todas ellas van devorando cualquier resto de ética, de paisaje y de memoria.
La especulación no es algo externo, es una red en la que todos estamos dentro. Dejemos de fingir que somos espectadores. El portazo del domingo, el de la librería que baja la persiana, el del barrio que cambia de manos: todo forma parte del mismo movimiento lento e implacable. No hay un afuera limpio desde el que indignarse. Solo la incómoda certeza de estar dentro participando mientras algo se acaba.
Si algo tengo claro es que Haruki Murakami es un escritor sin complejos, y del mismo corte parece haber sido tomado Ryusuke Hamaguchi, de quien vi hace poco mi primera película, inspirada en un relato de Murakami y ganadora del Óscar a la mejor película internacional en 2021.
Murakami cuenta con una gran masa de detractores y creo entender el porqué: en primer lugar, por ser un escritor honesto. Cuando uno lee sus tramas, sus temas, el fondo y el empaque con el que trata de dotar sus historias, vemos a un narrador sencillo sin ínfulas intelectualoides, un humilde artesano del arte de contar historias. Es un autor que desprende la diversión que siente al crear historias y que no se complica más de lo necesario. No parece tampoco importarle nada de lo que hay más allá de sus historias, de la recepción y de las opiniones. Lleva muchos años siendo fiel a su estilo y con él paga su renta y recibe más aceptación de la que jamás habría imaginado. Esto no debería ser ningún problema, ni para él ni para nadie, pero lo es, y se debe a que tiene un éxito tremendo, tanto como para hacer de un relato suyo un guion con el que ganar un Oscar, ¿cómo no tenerle tirria?
Y, ¿cuál es el secreto de su literatura? Pues no parece haber muchos ni gran cosa detrás de sus historias: una mezcla del simplismo filosófico oriental mezclado con elementos culturales de la burguesía occidental de la segunda mitad del s. XX: una canción de los Beatles por aquí, un Saab 900 Turbo de color rojo por allá, una pizca de Esperando a Godot de Beckett y salsa del Tío Vania de Chejov.
Todos esos elementos se conjugan en medio de una historia protagonizada por Kufuki, un actor de teatro con un método de trabajo bastante particular —basado en la repetición hasta la extenuación— y con un matrimonio igualmente singular que dejará en él una herida en forma de incógnita. Esta incógnita se revelará a través del encargo de una representación del Tio Vania en Hiroshima. La representación de esta obra es Murakami en todo su esplendor: una obra multilingüe en la que actúa gente que habla varios idiomas incluido el lenguaje de signos. Allí se le designará una joven chófer y ambos tendrán que encargarse de enfrentarse a las gran herida que cada uno tiene para darse cuenta de que la existencia es escuchar, aceptar y soltar.
Hay también una poética muy concreta en la forma en que la película mira: los planos del Saab rojo avanzando por las carreteras de Hiroshima, recortado contra el gris opaco de los rascacielos, el negro uniforme del asfalto y, a ratos, el azul inmóvil del mar. Esa paleta de colores es presentada casi siempre en silencio, mientras suena una cinta de cassette en bucle con voces e historias enquistadas, una y otra vez, una y otra vez. Este ambiente crea un espacio mental más que un simple desplazamiento físico. El coche se convierte en un refugio, en una cámara de resonancia del duelo. En la noche, los cigarros encendidos puntean conversaciones secas, sin grandilocuencia, sobre el sentido —o la ausencia de sentido— de la existencia: pequeñas brasas que iluminan rostros cansados. Y, en esa penumbra constante, los sueños y las confesiones afloran sin énfasis, como si solo pudieran decirse así, a media voz, cuando nadie parece estar escuchando del todo. Drive My Car entiende que hay verdades que solo aparecen cuando no se fuerzan.
Por todo ello, merece la pena detenerse en una película, extensa como las carreteras por las que conduce. No exige atención para deslumbrar ni para impresionar, sino para acompañar: para aceptar su tempo, sus silencios y su manera paciente de mirar. Es una película que no pide prisa ni recompensa inmediata; ofrece, en cambio, una experiencia rara hoy en día: la de salir de ella con la sensación de haber habitado un tiempo distinto, más lento, más atento, más humano. Quien esté dispuesto a escucharla, encontrará en su duración no un obstáculo, sino su sentido.
El otro día se viralizó en mi feed la última columna de Muñoz Molina en El País, «No enseñar al que sabe», en la que trata el tema del abandono de la educación por parte de la sociedad en su conjunto.
Durante estos días también se ha hecho viral en la red X un debate acerca de la utilidad del máster de profesorado y he visto cómo un gran número de profesores activistas y respetados se tiraban los trastos a la cabeza por no precisar ni matizar lo suficiente: ¿queremos acabar con el máster de profesorado o queremos transformalo?
Agradezco la radicalidad de Muñoz Molina, es decir, su capacidad para tratar el tema de raíz: hay una guerra política entre quienes nos quieren tontos y quienes nos defendemos como podemos. Cuando Muñoz Molina habla de no enseñar al que no sabe, apunta a algo más incómodo: a una sociedad que ha dejado de tomarse en serio el conocimiento. No porque lo odie, sino porque lo trivializa. Se tolera la ignorancia si es simpática, si no molesta, si no exige esfuerzo, total, ya no es necesario el conocimiento para conseguir (mucho) dinero ni (mucho) poder, ni siquiera hace falta aparentar tenerlo. Lo intolerable es que alguien recuerde que aprender cuesta, desgasta y obliga a renunciar a la comodidad y que no tiene ninguna utilidad inmediata ni evidente a priori.
Estoy a punto de cumplir seis años como profesor. He vivido varios procesos de oposiciones, cambios de leyes educativas, la precariedad, la interinidad, innumerables procesos de desgaste… Cruzo varias veces al día las puertas del aula y en el camino entre una y otra me pongo a pensar, pero me cuesta. Le doy vueltas a quién me ha enseñado cómo funciona esta profesión (más que la experiencia y un par de compañeros/as), en qué leyes me protegen a mí y protegen verdaderamente al alumnado, en qué utilidad tiene toda la burocracia que tengo que realizar, en quién es esa Administración y dónde está y por qué solo aparece para dar malas noticias… También pienso en qué me gustaría tener más tiempo para preparar clases, para hablar con los chicos/as de sus problemas, para poder tomar un café a gusto con los compañeros porque no hay mejor terapia que esa… Pienso en todo eso hasta que cierro por dentro, esbozo una sonrisa, doy los buenos días y comienzo con mi trabajo.
Doy un sorbo al café y miro el calendario: es el tercer domingo del año. Apenas es el tercero, pero la rueda del mundo ya vuelve a estar puesta en marcha. O trato de convencerme de ello porque todo ha sido una ilusión y en ningún momento paró de girar. Nos volvemos a enganchar a la rutina que trata de absorbernos y nosotros tratamos de mantener distancia, de no sucumbir a ella, pero el fin de semana se va rápido y el cansancio es testimonio de ello. Luchamos contra el día a día tratando de creernos a nosotros mismos que ningún día es igual, pero ya, mañana, vuelve a ser lunes.
Hoy pienso en Stoner, de John Williams. La novela cuenta la vida de William Stoner, el hijo de unos ganaderos de Misuri que acabó yendo a la universidad para estudiar Agronomía y allí la literatura cambió el rumbo de su vida para convertirlo en profesor de letras. Lejos de una vida llena de peripecias, su vida exterior es discreta y, en muchos momentos, ingrata: un matrimonio fallido, una relación difícil con su hija, conflictos académicos soterrados, una breve historia de amor que no prospera. La novela no trata del éxito, sino del aguante. El cansancio que recorre Stoner no es explosivo ni trágico: es el cansancio bueno, el que nace de sostener algo durante años sin recompensa visible. Clases dadas aunque duelan, lecturas hechas a contracorriente, una ética silenciosa del oficio.
Stoner no se pregunta si merece la pena, sino qué tipo de cansancio está dispuesto a aceptar. El libro sugiere que hay fatigas que no degradan, sino que ordenan una vida. La novela nos enseña que hay muchas pasividades que son solo una apariencia. En la vida hay luchas que no son visibles porque se tratan de resistir y de ser fiel a la vida que uno ha elegido: a la literatura, a la enseñanza, a una idea íntima de dignidad. Quizá en la vida que vivimos no hay rebeliones, pero sí una lucha constante para no traicionarnos, y quizá esa lucha sea tan agotadora como la peor de las rebeliones.
El otro día leí un artículo de Carmen Posadas que me gustó especialmente. Se titulaba Elogio de la repetición y reflexionaba, entre otras cosas, sobre el aprendizaje y la virtud silenciosa —pero decisiva— que la repetición ejerce en él.
«¿Otra vez vamos a ver esto?», «eso ya me lo sé», «¿más ejercicios iguales?». Los alumnos se quejan a menudo de hacer lo mismo una y otra vez. Les cuesta tolerar la monotonía, el quehacer diario de abrir el libro, el cuaderno y escribir. Sin embargo, para mí es fundamental que escriban todos los días: que encuentren cierto placer en esa rutina de copiar, de memorizar, de repetir un mismo trazo caligráfico con la intención de mejorarlo, aunque sea de forma casi imperceptible.
Enseguida aparece la sensación de “visto uno, vistos todos”, y no hay nada más erróneo. No hay mayor maestra que la experiencia, y esta no es otra cosa que repetición sostenida en el tiempo. Aprendemos porque volvemos a pasar por lo mismo, porque regresamos a los mismos gestos y a los mismos ejercicios; y lejos de estrecharnos, ese retorno constante ensancha la mirada.