En el margen literario

Un proyecto literario de escritura y de docencia.


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El verano de Cervantes, de Muñoz Molina. #EnLaPalestra

5–7 minutos

Recientemente entrevistaron a Víctor Bermúdez, profesor de Filosofía en Extremadura y uno de los autores del nuevo currículo educativo, sobre el panorama educativo actual y dijo las siguientes palabras: «Se está disgregando a marchas forzadas ese ámbito que antes llamábamos cultura general, y que hacía que pudieras hablar con cualquier ciudadano de Cervantes». A este titular el escritor Alberto Olmos respondió en X, con su oficioso cuchillo afilado, que jamás se haya podido hablar sobre Cervantes con ningún ciudadano corriente.

Cierto es que jamás me he puesto a hablar sobre Cervantes con el mecánico o con el panadero, aunque a veces entre cervezas con los amigos a uno se le permite discurrir con cierto margen de libertad y explicar cuestiones como el juego de espejos que Cervantes crea con todos los narradores que aparecen en la obra. Pero sí es cierto que si uno se asomaba a las librerías de grandes superficies en las navidades se encontraba con una buena tupa de ejemplares del ensayo de Muñoz Molina, El verano de Cervantes. Pienso en qué ciudadanos pueden acabar comprándose este tomo porque, para leerlo deberían haberse leído primero el Quijote y estar dispuesto a leerse casi quinientas páginas de reflexiones sobre la obra. Café para cafeteros, vaya.

Sea como fuere, he abierto esta obra como un niño estrena zapatos, en ella se conjugan elementos que disfruto enormemente: teoría de la recepción, Cervantes, el Quijote y las reflexiones personales de un magnífico escritor con varias décadas de experiencia a las espaldas. En ella Muñoz Molina salda una cuenta personal con su obra de cabecera predilecta (y que debería ser la de todo escritor en lengua castellana que se precie), con Cervantes y ofrece su recepción de la obra, la de un hombre que presenció un mundo del que apenas quedan vestigios: un jienense que habla de una España de la que ya no va quedando nada y de la que quién sabe si los lectores futuros podrán tener un conocimiento cierto, casi físico: esa España que separaba las lindes con tapias y que guardaba, al fondo de las casas, las cuadras con todos los aperos. En aquel mundo, las vidas no se contaban solas: para explicar una biografía se retrocedía hasta los orígenes más remotos, hasta historias de estirpes sostenidas por terratenientes y labradores que se habían enriquecido a raíz de la explotación de una clase llana, amparados en los podridos valores nobiliarios del honor y la honra.

En cuanto a la estructura del libro, se articula en 156 apartados que no siguen un orden rígido, más allá del que imponen unas reflexiones orgánicas que avanzan de forma coherente y natural. El ritmo de la obra es pausado: está pensada para demorarse en ella, para leer sin prisa, hacer una pausa, respirar hondo y tumbarse en el sofá. Muñoz Molina, como Cervantes, escribe persiguiendo ante todo la claridad. Aunque muchos de los temas abordados tienen una notable profundidad intelectual, están perfectamente enmarcados y permiten una lectura incluso sin un conocimiento exhaustivo del Quijote, lo cual no deja de ser un mérito considerable.

Muñoz Molina se ha leído la obra en varias decenas de ocasiones y se nota, sus apuntes sobre determinados personajes o sobre el tiempo y el clima, como ese verano infinito que da título al ensayo, son fruto de lecturas en los que la intensidad de la atención y la repetición meditativa le otorgan un gran valor incalculable.

Leo a Muñoz Molina como quien escucha a una persona mayor: con paciencia y con afecto. Lo hago porque me gustaría llegar a saber lo que él sabe de la obra, porque su lectura es la de alguien que ha convivido con El Quijote durante toda una vida. En su voz está la experiencia del lector que vuelve una y otra vez al mismo texto, del escritor que lo ha leído desde edades, expectativas y fracasos distintos. Él ha mirado la obra con unos ojos que no son los míos, ojos que la conectan con un pasado que para mí resulta remoto y que, gracias a sus apuntes como escritor y como testigo de un mundo ya desaparecido, me permiten comprender mejor a Cervantes y su obra.

Son numerosas las miradas con las que se atraviesa el Quijote; sin ir más lejos, Muñoz Molina las relaciona con todas y cada una de las etapas de su vida: un niño de Jaén, un universitario en Madrid en la dictadura, un joven que hizo la mili, un padre primerizo, un escritor sin obra y fracasado, un escritor de éxitos… la sombra de Cervantes y su obra han ido moldeando la figura del escritor, tanto como su propia vida. Esto nos ayuda a repensar el clásico desde diferentes perspectivas. Sus lecturas y la información pertinente nos proporcionan reflexiones exquisitas. Una de las que más me ha gustado es la que ofrece cuando Cervantes se describía a sí mismo en uno de sus últimos escritos, ya viejo, y empleaba la palabra «soldado» para ello. Las implicaciones que podemos extraer de esa autodenominación cuando Cervantes sobrepasaba los sesenta y había escrito el Quijote, como bien indica Muñoz Molina, son desconcertantes. Se veía como soldado quizá del mismo modo en que don Quijote se creía un caballero, quizá la distancia entre el personaje y el autor no es tan grande como pudiera parecer.

Y es que la visión totalizadora de Cervantes no solo pudo explicar el mundo que habitó y muchas de las cuestiones del alma (como si fuera poco), sino que aún sigue dando respuesta a muchos de los sinsentidos que se han producido y se producen en el mundo. Como bien explica Muñoz Molina, el tema de la locura en don Quijote, basado en una negación de la realidad en favor de una ficción infame, rige principios como el de la guerra o sostiene, como explica en el libro, movimientos supremacistas como los surgidos en Estados Unidos, que tienen su raíz en malas ficciones compartidas.

Que este ensayo esté presente en las librerías resulta, en ese sentido, sorprendente: un mamotreto exigente, difícil de digerir para quien apenas tenga familiaridad con la obra. Y, sin embargo, ahí está, dispuesto a quitarnos la razón y a demostrar que Cervantes y El Quijote están mucho más cerca del lector medio de lo que solemos creer. Lo compruebo cada vez que mis alumnos —y también mis colegas— disfrutan cuando me entusiasmo, casi como Alonso Quijano, hablando de la biografía de Cervantes y de los aprendizajes que aún podemos extraer de la novela.

Sea así o no, agradezco la publicación de este ensayo porque me ha permitido sostener, alimentar y compartir con mayor conciencia el amor íntimo y duradero que siento por Cervantes. No sé si hoy puede hablarse de Cervantes con el lector medio, y no debería ser así; a mí me pagan, precisamente, para intentar que se pueda hablar de él con adultos que antes fueron estudiantes. Lucho por que eso ocurra, y por eso me considero un afortunado.

Este no es un libro para empezar con Cervantes, sino para volver a él.

1.174 palabras


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Café dominical del 11/01

Se puede uno tomar su café del domingo igual que Kafka fue a echarse unos largos a la piscina aquel 2 de agosto en el que escribió: «Hoy Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde fui a nadar».

Apenas ha empezado el año y ya no sé cuántos titulares van en los que parece que va a estallar un conflicto bélico mundial. Todas estas noticias aparecen entremezcladas con miles imágenes hechas con inteligencia artificial convertidas en bulos y memes y uno ya solo parece poder sentir una especie de náusea emocional con la que se le indigesta hasta el café. Nada de esto parece que vaya a acabar bien, lo único que está por ver es cuándo y de qué forma ocurrirá. Lo peor de todo esto es la impotencia y la frustración que nacen de la incapacidad. Ni la acción individual ni la colectiva parecen ser capaces de alterar ni un solo grado el rumbo de la humanidad. Nos hemos convertido en cifras oscilantes, en datos monitoreados por instancias que no controlamos, hemos sido reducidos a algoritmos, predecibles y por lo tanto controlables, y no parece haber escapatoria. Por eso la acción se vuelve cada vez más difícil y el lenguaje empieza a fallar: no porque falten palabras, sino porque ya no parecen tener efecto.

Quizá el primer síntoma de esa impotencia no sea la violencia, sino la imposibilidad de hacer nada. Hay un momento clave en la obra de W. G. Sebald, en Austerlitz —donde se nos cuenta la historia de un hombre que se ve en la obligación de reconstruir su pasado al descubrir que su infancia fue una huida, una separación forzada y una vida levantada sobre el silencio— en el que el narrador deja de poder escribir. Cuando comienza a descubrir cuál es su historia a través del personaje y de todos los años que ha estado investigando llega un momento en que seguir funcionando con normalidad —leer, ordenar, redactar— se vuelve moralmente imposible, porque el mundo interior ya no admite ese orden.

En Austerlitz no hay estallido, no hay catástrofe visible. Hay una parálisis lenta, como esta que nos acontece a todos mientras, impasivos, leemos titulares, memes y bulos sin parar, mientras llevamos a cabo una retirada del lenguaje, que es exactamente la forma que adopta la catástrofe en Sebald. También ahora la historia parece avanzar sin ruido, mientras a nosotros solo nos queda asistir, sin capacidad real de maniobra, hacia el final de un precipicio. No quiero sonar apocalíptico, no es el fin del mundo: es solo otro domingo.


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Notas al margen del aula #3

El otro día se formó un revuelo en redes sociales porque entrevistaron en El País a un tal Fernando Bonete y trataron principalmente el tema de los hábitos lectores de la sociedad. Mucha gente se le echó encima porque dio la simpar cifra de 140 libros leídos en un año. Es muy fácil caer en el tópico de que las masas enfurecidas de las redes sociales solo quieren carnaza y que criticarían por encima de sus posibilidades porque son gente que no tienen nada que hacer con sus vidas. Sin embargo, por muy disparatada que parezca cualquier tipo de opinión, sobre todo si conforma corriente, considero que vale la pena detenerse a analizarla.

Ante las duras reprimendas de un sector de las redes, este se justificaba diciendo que es profesor de universidad en letras, que es escritor y que, en definitiva, vive de leer, que es su sustento. Yo puedo afortunadamente decir lo mismo (en cuanto a que las letras son y han sido mi sustento y mi no-sustento), ahora bien, no sé cuántos libros me he leído ni un solo año de mi vida.

Mil veces he sucumbido a esos propósitos de año nuevo de contar todas las lecturas del año (este año también, más con el blog) y de hacer una valoración de todos y cada uno, y de realizar clasificaciones y de generar contenidos sobre esas lecturas… es decir, de exponer públicamente lo listo que soy y lo mucho que leo. Sin acritud: está bien ser listo y leer mucho, pero, ¿cómo se cuantifican las lecturas de un año? Yo, al cabo de un año, si me pongo a pensar, probablemente lea centenares de inicios de libros, deje decenas a medias, lea fragmentos y fragmentos y más fragmentos, acudo a libros que tengo que explicar y que ya me he leído una y otra vez, leo artículos, capítulos de obras… ¿cómo se cuenta eso? De hecho creo que habrá años en los que según esas cuentas que hace la gente en redes sociales, saldrá que he leído bastante poco, por no decir nada, cuando me he pasado el año rodeado de lecturas.

Me confieso públicamente: me cuesta muchísimo acabar una obra. Hay obras que me encantan y que no he acabado. Si no tienen el suficiente combustible como para hacer que no pueda dejar de leer, difícilmente la leeré con detalle de cabo a rabo. Y son muy pocas las obras que consiguen hacer eso conmigo.

Me confieso públicamente: me cuesta muchísimo acabar una obra. Hay obras que me encantan y que no he acabado. Si no tienen el suficiente combustible como para hacer que no pueda dejar de leer, difícilmente la leeré con detalle de cabo a rabo. Y son muy pocas las obras que consiguen hacer eso conmigo.

En el aula suelo ver los hábitos de mis compañeros docentes con las lecturas OBLIGATORIAS, no son pocos los que se limitan a decirles el título, el autor(a) y la fecha del examen —no los culpo: a veces las lecturas son un muermo por imposiciones departamentales, no da tiempo para más en el trimestre, preparar sesiones con las que trabajar las lecturas requiere de muchísimo tiempo y son muy poco agradecidas a veces, etc.—

Yo suelo negarme a ello y procuro hacer sesiones de lectura en el aula (sesiones que pueden resultar desastrosas): venderles la lectura (qué poco se dejan vender algunas), explicarles el contexto necesario, leer en voz alta, plantear temas existenciales del libro para que opinen… Como no queda más remedio, tengo que evaluarlos de algún modo, tengo que cuantificar cómo de bien se han leído el libro, ¿cómo se hace eso? Por descontado, no menos de una quinta parte del grupo no se ha leído ni se leerá el libro y la mayoría de desertores aprobarán el examen, el trabajo o la prueba que ponga porque no hace falta leerse un libro para saber de un libro además de que ¡mi trabajo no es el de un inquisidor!

Dado este panorama, lo único que busco es que manoseen los libros, que lean como personas no analfabetas, que el libro les incite a reflexionar de algún modo, que despierte en ellos algún tipo de actitud crítica (cada día sé menos lo que significa) y, sobre todo, que sean capaces de verle el atractivo y la necesidad: los libros son a la cabeza lo que la comida al estómago.


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W. G. Sebald en #FragmentosAlMargen

«No me parece, dijo Austerlitz, que comprendamos las leyes que rigen el retorno del pasado, pero cada vez me parece más como si no hubiera tiempo, sino diversos espacios, imbricados entre sí, entre los que los vivos y los muertos, según el talante en que se encuentran, van de un lado a otro, y cuanto más lo pienso tanto más me parece que nosotros, los que todavía nos encontramos con vida, a los ojos de los muertos somos irreales y sólo a veces, en determinadas condiciones de luz y requisitos atmosféricos, resultamos visibles.
Hasta donde puedo recordar, dijo Austerlitz, siempre he tenido la impresión de no tener lugar en la realidad, como si no existiera.»


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A casa vuelve, otra vez

Un microrrelato navideño:

Por si una noche decide devolvernos lo que se llevó, cierro bajo llave y dejo preparados el mortero y el cuchillo, para que no suceda lo que ocurrió la última vez. Entonces entró sin avisar: cajones abiertos, cosas por el suelo, la cartera vacía, la nevera arrasada y mi hija pequeña llorando desconsolada. No dejó nada en su sitio. Aprendí. Ahora lo espero más organizado, con la encimera despejada y todo lo que corta y machaca a mano para prepararle pollo relleno. Esta vez no me importa que vuelva a llevárselo todo. Viene de la universidad para Navidad y siempre llega con hambre.


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Café dominical del 04/01

Estrenamos el año como quien estrena zapatillas, convencidos de que con tal hecho se produce un cambio, un punto de inflexión. Nos gusta embaucar nuestra mente con nuevos propósitos: cuánto más andaremos con ellas, por qué sitios nuevos las llevaremos, con qué barro especial se ensuciarán… Estamos todo obligados a proponernos hacer algo más con nuestra vida y, como fantasear es gratis, nos proponemos una versión inalcanzable de nosotros mismos. Lo curioso de todas estas proyecciones compartidas es que, además de irreales, ¿hasta qué punto son deseables? Las zapatillas, al igual que el año, no cambian el cuerpo que las porta.

Natalia Ginzburg, en «Mi oficio» reflexiona sobre su condición de escritora y habla de cómo tan solo en ese ámbito de la vida se siente cómoda y realizada. No entiende cómo la gente puede con soltura hacer tantas cosas: estudiar una lengua extranjera, aprender historia, o geografía, o taquigrafía, hablar en público, o a hacer punto, o viajar… Ginzburg afirma que sufre y se pregunta continuamente cómo hacen los otros estas mismas cosas: me parece siempre que debe haber una forma buena de hacer estas mismas cosas que los demás conocen y es desconocida para mí. Y me parece que soy sorda y ciega, y siento como una náusea en el fondo de mí.

En ese mismo texto la autora cuenta su trayectoria como escritora y las adversidades y obstáculos que se le plantearon para seguir escribiendo: los saltos que uno tiene que superar para desarrollarse como escritor si quiere seguir haciéndolo, la falta de inspiración, la maternidad… Ginzburg nunca planteó superarse, ni conseguir objetivos ambiciosos, bastante del revés se le puede poner a uno la vida como para encima plantearse metas.

Quizá lo más sensato sea aspirar a seguir siendo los mismos: no mejores, no más completos, no más interesantes, sino fieles a ese único lugar —a menudo estrecho— en el que uno sabe estar sin impostar nada. Aceptar que no todo es posible, que no todo es deseable y que la vida, más que un catálogo de propósitos, es una forma concreta de permanecer cuando se nos acaban las promesas.

Natalia Ginzburg en #FragmentosAlMargen

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Notas al margen del aula #2

El otro día leí por ahí en redes una paradoja de un tal Bennett (?) sobre el que nada he podido encontrar salvo la existencia de esta afirmación: uno tan solo puede imaginar en la medida de lo que sabe. Entendemos que es una paradoja porque cuestiona una de las creencias más extendidas sobre la imaginación: que es un territorio libre, ilimitado, casi espontáneo. Si solo podemos imaginar en la medida de lo que sabemos, entonces la imaginación no nace de la nada, sino que es una reordenación —a veces audaz, a veces torpe— de un saber previo. No inventamos mundos: desplazamos los límites del que ya habitamos.

Me encuentro a diario en el aula con chicos a los que les cuesta encender el motor de la imaginación; con frecuencia les pido que inventen historias y no hacen ningún esfuerzo: terminan rápido y ahorran energía con un no sé, no me se ocurre ná. Por vergüenza a pensar en voz alta, pienso unas veces; por solipsismo, pienso otras; por falta de conocimiento, como indica la paradoja, pienso ahora. En cualquier caso, esta idea es de crucial importancia transmitírsela: la imaginación es necesaria en la vida de uno para sortear obstáculos, esquivar piedras, imaginar salidas cuando el camino parece cerrado, ensayar futuros posibles antes de que sean urgentes y no quedarse inmóvil ante la primera dificultad, no como un don caprichoso, sino como una herramienta que se entrena, se alimenta y se amplía en la medida en que uno aprende, observa y se expone al mundo.

Para Spinoza, la forma más profunda de conocer no elimina la imaginación, sino que la usa. Las imágenes que pasan por el cuerpo y la mente no son un estorbo, sino parte del propio conocimiento. Comprender algo de verdad no es pensar en ideas abstractas, sino captar la realidad de manera directa, también a través de lo que sentimos y percibimos con el cuerpo. Desde ahí, Spinoza no entiende el conocimiento como una idea fría o lejana, sino como una imagen cargada de sentido. Conocer bien algo implica también un tipo de afecto: una comprensión que va acompañada de aceptación, de claridad y de una forma de amor intelectual hacia lo que se comprende, esto es, un niño no puede permitirse el lujo de no imaginar.


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Sirat (Óliver Laxe, 2025), película al margen

Hay películas, que tras verlas, te hacen pensar que no te han gustado. Hay películas, también, que aunque no te hayan gustado, las recomiendas porque crees que de algún modo merecen la pena. Sirat pertenece a los dos grupos. No he querido decir con ello que actualmente piense que la película es mala, pero sí que tras verla no te deja indiferente y que el sabor de boca es como mínimo extraño.

Una narración, desde luego, sugerente, que pretende que la mayor parte de las sensaciones recaiga sobre el espectador, del que se espera que no tenga adormilada su faceta activa para terminar de construir el relato. Uno tiene que poner bastante de su parte en varios tramos: Personajes sin apenas profundidad psicológica, diálogos prácticamente ausentes y algún que otro patinazo narrativo —¿qué hace, si no, un niño pequeño con su perro acompañando a su padre en la búsqueda de una hermana perdida, en mitad de una rave y de parajes casi apocalípticos?— podrían funcionar como argumentos en contra. Pero no pretendo yo ser Carlos Boyero.

La historia está claramente premeditada. El director sabe qué quiere provocar y cómo hacerlo, y conduce al espectador con firmeza hasta el impacto final que busca: asumir que la búsqueda no conduce a una revelación clara, sino al agotamiento, a la intemperie moral y a la disolución del sentido. Y, además, existen contrapesos que hacen que la película atrape y cale más de lo que uno espera: hay prosa visual en esos desiertos, en esos altavoces, en ese realismo sucio de una estética que parece retrofuturista tras la pantalla; hay trance en una estética deliberadamente limitada, casi insistente. Sirat tiene mucho de poesía existencialista: una búsqueda desesperada e infinita en medio de un mundo hostil, inhóspito, donde los lazos que unen a los personajes son primitivos, casi tribales.

Si el polvo y el desierto crean una potente atmósfera, el sonido añade a ella otro elemento que componen los verdaderos motores de la película. La música electrónica, insistente y repetitiva, no acompaña la acción: la somete. No subraya emociones ni marca clímax; induce un estado de trance que aplana el tiempo y desgasta al espectador. Y cuando la música cesa, el silencio no funciona como descanso, sino como exposición: quedan el cuerpo y la intemperie.

Me gusta, especialmente, que el director no abuse de la tentación distópica. Está ahí, pero solo lo justo y necesario, con una cierta sprezzatura: como un recordatorio de fondo, nunca como un subrayado. Y quizá sea en esa contención donde la película encuentra su verdadera fuerza.

En fin que, aunque no sea una película perfecta ni complaciente, creo que merece ser vista incluso si al terminar uno no sabe muy bien si le ha gustado. Quizá no sea una película que se disfrute, pero sí una de la que te hace hablar con amigos, cosa que me gusta más todavía. Si tienes alguna reflexión sobre ella, estaré encantado de oírla y, si no las has visto aún, ya sabes.


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Café dominical del 28/12

Es el último domingo del año y quizá sea el que mayor impronta deje en nuestro carácter. Independientemente de cómo nos pille: en una tasca borrachos con amigos, haciendo deporte en discordia con el resto de la humanidad, en familia si el diezmo poblacional no ha llegado aún a tu estirpe, trabajando si eres lumpen o solos, pero tranquilos.

Es el de mayor impronta y el malestar dominical llega: ya sea un instante en medio del gentío u horas en la pulcritud de la soledad, todos estamos obligados a rendir cuentas morales relativas a dónde estamos y cómo. Creo que no me equivoco si digo que a estas alturas, para la mayoría de nosotros, salga a la luz una pérdida, da igual el tipo que sea.

Se me viene Carver a la cabeza; en sus relatos, las reuniones familiares navideñas no reconcilian: tensan. La mesa se convierte en escenario de silencios torpes, alcohol mal digerido y una intimidad forzada que evidencia la grieta. No hay épica, hay resaca emocional. “Catedral” (1983) se sitúa explícitamente en Nochebuena. No es un detalle decorativo: es crucial. El narrador —un hombre hosco, celoso y emocionalmente obtuso— recibe en casa a un ciego, Robert, amigo de su mujer. El personaje del narrador encarna una Navidad concreta: acompañada, sin saber estar, compartiendo espacio, pero no intimidad. Entre lo que socialmente debería ocurrir y lo que ocurre hay un trecho, solo encontramos torpeza emocional.

Solo al final —dibujando juntos una catedral— se produce un gesto mínimo de conexión y no gracias a la Navidad, sino a pesar de ella. La redención, si existe, es privada, casi accidental, nada luminosa. La Navidad no es marco de conciliación, sino un amplificador de lo solos que estamos y de esto estamos obligados a darnos cuenta el último domingo del año.