En el margen literario

Un proyecto literario de escritura y de docencia.


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Cómo no escribir una novela (2010), de Howard Mittelmark & Sandra Newman

En la vida no basta con saber qué se quiere: también es fundamental tener claro qué no. Pues con esto de narrar sucede más de lo mismo, y es que esta es la premisa de la que han partido Howard Mittelmark y Sandra Newman a la hora de escribir este manual. Ambos autores han aprovechado la experiencia que han obtenido por haber trabajado con editoriales de NuevaYork de la talla de Viking, Penguin, HarperCollins, Scholastic, Simon & Schuste o Random House para ofrecernos su sabiduría a los aprendices de esto.

El trabajo consta de 200 errores habituales agrupados en torno a cuatro grandes partes: la primera estaría relacionada con los errores más frecuentes que se cometen en la trama; la segunda parte está destinada a los personajes; la tercera está reservada a cuestiones de estilo; por último, la cuarta, se dedica a analizar la figura del narrador. Cada uno funciona como una galería de horrores narrativos comentados con ironía editorial. No hay solemnidad ni dogmatismo: hay oficio. Se nota que hablan desde la mesa de trabajo del editor que ha leído demasiados manuscritos malos y que, en lugar de pontificar, decide reírse un poco del desastre. El humor no es un adorno, es una estrategia didáctica: el lector baja la guardia y, cuando quiere darse cuenta, se reconoce en más de un error.

Con grandes dosis de humor, estos editores han creado este manual la mar de divertido. Ese punto de partida no es solo un recurso retórico, sino la columna vertebral del libro. Cómo no escribir una novela avanza como un catálogo de errores, sí, pero sobre todo como una pedagogía negativa: no te dice cómo hacerlo bien, sino por qué lo haces mal. Y ahí está su acierto. Frente a los manuales que prometen recetas, Mittelmark y Newman optan por el bisturí: desmontan clichés, escenas fallidas, personajes imposibles y tramas infladas para que el lector aprenda por contraste, casi por vergüenza ajena.

La estructura de los capítulos es bastante útil en cuanto que todos siguen la misma estructura: crean un resumen al inicio para que sepas de qué va a tratar, lo cual es útil si hay aspectos que no interesan, y proponen ejemplos prácticos sobre los errores. Reconozco que muchos de estos me los he saltado, pero se agradece su presencia ya que este es un manual para tenerlo siempre presente y recurrir a él de cuando en cuando.

El estilo no es nada pomposo ni posee jerga narratológica compleja, los autores te hablan con un registro muy coloquial y creo que es todo un acierto, pues su objetivo no es llegar a escritores profesionales, ya que, dado su contenido, busca como lector a aquellas personas que se inician en el oficio del narrar o que no tienen mucha andadura. A medida que uno lo lee puede llegar a la conclusión de que muchos de los errores que se plantean podrían parecer demasiado obvios, pero sorprende cuando uno participa en talleres de narrativa o lee literatura menor, puede comprobar cómo los textos están plagados de muchos de los errores que aquí se advierten. Por mencionar algunos:

  1. Retrasar el inicio de la acción durante demasiadas páginas.
  2. Comenzar con el protagonista levantándose de la cama.
  3. Ahogar la narración en detalles que no conducen a nada.
  4. Confundir ambientación con relleno: explayarse con todo lujo de detalles tanto en el ambiente como en la psicología del personaje escribiendo páginas y más páginas que no tienen utilidad.
  5. Cambios en los tiempos verbales de una forma impredecible: uso indebido de los pasados, saltos hacia adelante y hacia atrás constantes que enmarañan y dificultan la compresión.
  6. Crear historias de amor en las que se fuerza una química instantánea sin conflicto ni proceso: los personajes son guapisímos/as y están dispuestos desde el primer momento a tener una historia de amor preciosa. Además, su razón de ser en el mundo es vivir una historia de amor.
  7. Personajes que no saben por qué actúan como actúan.
  8. Personajes que explican su vida entera en un encuentro irrelevante.
  9. Diálogos que solo sirven para informar al lector (exposición disfrazada).
  10. Crear misterios o problemas narrativos que no se resuelven.
  11. Introducir subtramas que no vuelven a aparecer o no afectan a la historia.
  12. Usar coincidencias salvadoras para salir del lío.
  13. Abusar del narrador explicando lo que el lector ya ve.
  14. Repetir la misma idea con distintas frases.
  15. Personajes secundarios intercambiables: todos hablan igual.
  16. Metáforas y adornos que suenan “literarios” pero no precisan nada.
  17. Cambiar el tono a mitad de camino sin que la historia lo sostenga.
  18. Hacer un final espontáneo que surge de la nada y no cierra la trama.
  19. Rematar con moralina y sobreexplicación del “mensaje”.
  20. Terminar apagando el conflicto en vez de resolverlo (final desinflado).

En definitiva, este manual no te enseña a escribir una novela, pero sí a detectar cuándo estás escribiendo una mala. Y eso, para quien ya ha pasado la fase ingenua, es mucho más útil. No hay promesas de talento ni atajos creativos: solo una idea incómoda y honesta que atraviesa todo el volumen, y romperlo exige lectura crítica, paciencia y una buena dosis de autocrítica.


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Taller de corte y corrección, de Marcelo di Marco

Tenía un tanto abandonada esta sección y qué mejor obra para retomarla que Taller de corte y corrección, del escritor y docente argentico Marcelo Di Marco. Es una pena que esta obra no esté en físico en España y que me haya tenido que dejar los ojos en el ordenador para degustarla porque digo, sin exagerar, que es uno de los mejores manuales para la creación literaria, un género del que me considero un fiero devorador. Y digo esto porque a medida que leo más libros sobre el asunto más cínico me vuelvo, aunque quizá tenga que ver también con mis expectativas: ando con la firme esperanza de encontrar el manual perfecto que me convierta en el escritor que quiero ser. Lógicamente, esa obra jamás la he encontrado, más que nada porque no existe ni existirá, pero, sin lugar a dudas, si hay alguna que se le parezca, me atrevería a decir que es esta.

Taller de corte y corrección da lo que promete desde el título: un manual para costureros. Es de los manuales que más baja al barro en cuestiones de estilo: tiene larguísimas listas de consejos y pone cientos de ejemplos reales en los que propone pequeñas variaciones sobre una misma oración o texto para que veamos el efecto que añaden, por ejemplo, en el uso de los verbos de movimiento o de los signos de puntuación.

Uno de los grandes aciertos de Taller de corte y corrección es su insistencia en la escucha del texto: el oído como órgano crítico. No es casual que Di Marco vuelva una y otra vez a la puntuación, a la coma, al ritmo, a la frase que respira o se ahoga (Escribiendo en coma, Cuestión de oído, Ingeniería de sonido). Aquí la corrección no es un gesto normativo, sino una forma de atención: aprender a detectar cuándo una frase pide silencio, cuándo sobra músculo y cuándo el texto necesita adelgazar para empezar a decir algo. La lección es clara y poco complaciente: escribir mejor no es añadir, sino saber quitar.
En ese punto aparece con fuerza la figura de Abelardo Castillo, no solo como autor citado, sino como maestro ético del oficio. Di Marco lo recupera como modelo de rigor: corregir es asumir responsabilidad, no refugiarse en la espontaneidad ni en el mito del genio inspirado. La famosa “santa tijera” no es censura, es conciencia. Castillo encarna esa idea incómoda y liberadora de que el estilo no es un don, sino una conquista lenta, hecha de reescrituras, de fracasos y de renuncias deliberadas. Por eso el libro funciona tan bien como manual y como vacuna. Frente al exhibicionismo estilístico, propone claridad; frente a la verborrea, contención; frente a la pose, trabajo. En capítulos dedicados a la elipsis, a la condensación, al punto de vista o a la relación con el lector (No escribir más de la cuenta, El todo es mayor que la suma de las partes, Pensando en el otro), Di Marco deja una enseñanza que atraviesa todo el volumen: corregir es una forma de respeto, hacia el texto y hacia quien lo lee. Y quizá por eso este libro no promete convertirte en escritor, pero sí algo más raro y más valioso: ayudarte a no mentirte mientras escribes.

Como podéis comprobar, me deshago en halagos hacia este manual, pero es que los merece. No porque prometa atajos ni fórmulas mágicas, sino porque enseña algo más difícil y más honesto: a leer lo que uno escribe con rigor, a desconfiar de la primera versión y a asumir que escribir bien es, casi siempre, saber corregir a tiempo.


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Murakami: De qué hablo cuando hablo de escribir

Escribir es igual de duro y solitario en España que en Japón, y la prueba de ello la podemos obtener tras la lectura de «De qué hablo cuando hablo de escribir», del aclamado Murakami.

Para escribir tan solo hace falta un papel, un lápiz, mucho tesón y haber leído mucho (pero que mucho). Si uno lo piensa, puede que no sea mucho. La del escritor, en ese sentido, puede que sea una de los oficios más democráticos. O esa es la conclusión que uno saca tras leer esta obra.

Murakami, en un esfuerzo deliberado por crear prosa clara, trata de desentrañar todos los misterios de este oficio, al menos desde su óptica y experiencia. Trata de advertirnos, sobre todo, de que en realidad no hay ningún misterio. Él trabajaba en un bar, nunca fue un alumno sobresaliente y lo único que hizo fue obedecer un impulso interno.

Que no tenga ningún misterio no quiere decir que sea fácil: hay que tener las agallas de sentarse todos los días sin excepción para cumplir con el objetivo que uno se marque, hay que estar dispuesto a soportar y a combatir el desgaste físico que el oficio te exige (del que poca gente te habla), hay que estar dispuesto a estar solo durante una gran parte de la vida y hay que saber tragar (expectativas, opiniones, halagos, descalificaciones y un largo etcétera).

“Escribir novelas responde a una especie de mandato interior que te impulsa a hacerlo. Es pura perseverancia y resistencia, apoyado en un prolongado trabajo en solitario.”

Haruki Murakami

Murakami estructura el libro como una serie de meditaciones breves. En De vocación, novelista deja claro que escribir no nace de una revelación, sino de una decisión íntima que cualquiera puede tomar si está dispuesto a sostenerla. En Acerca de cuándo me convertí en escritor nos recuerda que no fue un alumno brillante, que trabajaba en un bar y que, sin embargo, bastó un impulso interno para ponerse a escribir: un gesto sencillo, pero decisivo.

En Sobre los premios literarios y Sobre la originalidad cuestiona las expectativas externas: ni los galardones ni la obsesión por ser distinto garantizan nada; lo único que cuenta es la constancia en el trabajo. Con Ahora bien, ¿qué escribo? y Que el tiempo se convierta en un aliado vuelve al terreno práctico: escribir requiere paciencia, resistencia física y aceptar que una novela larga se construye a diario, sin atajos.

El capítulo Una infinita vida física e individual es clave: Murakami insiste en la importancia del cuerpo, del cuidado físico, porque sin esa energía la escritura se resiente. Sobre la escuela refleja su independencia: nunca sintió que la institución académica lo formara como escritor, y aun así siguió adelante.

Cuando habla de ¿Qué personajes crear? y ¿Para quién escribo?, vuelve a la raíz: los personajes nacen de observar con atención y escribir es, ante todo, un diálogo honesto con uno mismo y con el lector. Finalmente, en Salir al extranjero. Nuevas fronteras muestra cómo la traducción y la recepción internacional le obligaron a redefinirse, a no quedarse cómodo en un único lugar.

De este repaso queda claro que Murakami no da fórmulas, sino un testimonio: escribir es un oficio que exige tenacidad, cuerpo y humildad. Y ese es, quizá, el mayor aprendizaje para cualquier lector que aspire a escribir: más que técnicas, hace falta una disposición vital.

En definitiva, «De qué hablo cuando hablo de escribir» no ofrece fórmulas secretas ni atajos. Lo que ofrece es algo más valioso: la certeza de que escribir es un trabajo solitario, físico y testarudo, pero también una forma de estar en el mundo. Quizá por eso, al terminarlo, uno entiende que escribir no es solo contar historias, sino aprender a sostenerse en ellas.