Ya está aquí otra vez la corriente de aire. Al principio fue una brisa leve que abría la ventana y me provocaba estornudos, pero cada vez volvió con más fuerza, hasta enfermarme. Me asusté la primera vez que arrancó las macetas del balcón y me dejó una tos persistente. Entendí de qué iba el día que mi padre salió volando y a mí me dejó el cuerpo magullado. La última vez se llevó la casa y casi no lo cuento. Ahora no sé a por qué viene este tornado. Supongo que a por mi nombre que está en el buzón.
Recientemente entrevistaron a Víctor Bermúdez, profesor de Filosofía en Extremadura y uno de los autores del nuevo currículo educativo, sobre el panorama educativo actual y dijo las siguientes palabras: «Se está disgregando a marchas forzadas ese ámbito que antes llamábamos cultura general, y que hacía que pudieras hablar con cualquier ciudadano de Cervantes». A este titular el escritor Alberto Olmos respondió en X, con su oficioso cuchillo afilado, que jamás se haya podido hablar sobre Cervantes con ningún ciudadano corriente.
Cierto es que jamás me he puesto a hablar sobre Cervantes con el mecánico o con el panadero, aunque a veces entre cervezas con los amigos a uno se le permite discurrir con cierto margen de libertad y explicar cuestiones como el juego de espejos que Cervantes crea con todos los narradores que aparecen en la obra. Pero sí es cierto que si uno se asomaba a las librerías de grandes superficies en las navidades se encontraba con una buena tupa de ejemplares del ensayo de Muñoz Molina, El verano de Cervantes. Pienso en qué ciudadanos pueden acabar comprándose este tomo porque, para leerlo deberían haberse leído primero el Quijote y estar dispuesto a leerse casi quinientas páginas de reflexiones sobre la obra. Café para cafeteros, vaya.
Sea como fuere, he abierto esta obra como un niño estrena zapatos, en ella se conjugan elementos que disfruto enormemente: teoría de la recepción, Cervantes, el Quijote y las reflexiones personales de un magnífico escritor con varias décadas de experiencia a las espaldas. En ella Muñoz Molina salda una cuenta personal con su obra de cabecera predilecta (y que debería ser la de todo escritor en lengua castellana que se precie), con Cervantes y ofrece su recepción de la obra, la de un hombre que presenció un mundo del que apenas quedan vestigios: un jienense que habla de una España de la que ya no va quedando nada y de la que quién sabe si los lectores futuros podrán tener un conocimiento cierto, casi físico: esa España que separaba las lindes con tapias y que guardaba, al fondo de las casas, las cuadras con todos los aperos. En aquel mundo, las vidas no se contaban solas: para explicar una biografía se retrocedía hasta los orígenes más remotos, hasta historias de estirpes sostenidas por terratenientes y labradores que se habían enriquecido a raíz de la explotación de una clase llana, amparados en los podridos valores nobiliarios del honor y la honra.
En cuanto a la estructura del libro, se articula en 156 apartados que no siguen un orden rígido, más allá del que imponen unas reflexiones orgánicas que avanzan de forma coherente y natural. El ritmo de la obra es pausado: está pensada para demorarse en ella, para leer sin prisa, hacer una pausa, respirar hondo y tumbarse en el sofá. Muñoz Molina, como Cervantes, escribe persiguiendo ante todo la claridad. Aunque muchos de los temas abordados tienen una notable profundidad intelectual, están perfectamente enmarcados y permiten una lectura incluso sin un conocimiento exhaustivo del Quijote, lo cual no deja de ser un mérito considerable.
Muñoz Molina se ha leído la obra en varias decenas de ocasiones y se nota, sus apuntes sobre determinados personajes o sobre el tiempo y el clima, como ese verano infinito que da título al ensayo, son fruto de lecturas en los que la intensidad de la atención y la repetición meditativa le otorgan un gran valor incalculable.
Leo a Muñoz Molina como quien escucha a una persona mayor: con paciencia y con afecto. Lo hago porque me gustaría llegar a saber lo que él sabe de la obra, porque su lectura es la de alguien que ha convivido con El Quijote durante toda una vida. En su voz está la experiencia del lector que vuelve una y otra vez al mismo texto, del escritor que lo ha leído desde edades, expectativas y fracasos distintos. Él ha mirado la obra con unos ojos que no son los míos, ojos que la conectan con un pasado que para mí resulta remoto y que, gracias a sus apuntes como escritor y como testigo de un mundo ya desaparecido, me permiten comprender mejor a Cervantes y su obra.
Son numerosas las miradas con las que se atraviesa el Quijote; sin ir más lejos, Muñoz Molina las relaciona con todas y cada una de las etapas de su vida: un niño de Jaén, un universitario en Madrid en la dictadura, un joven que hizo la mili, un padre primerizo, un escritor sin obra y fracasado, un escritor de éxitos… la sombra de Cervantes y su obra han ido moldeando la figura del escritor, tanto como su propia vida. Esto nos ayuda a repensar el clásico desde diferentes perspectivas. Sus lecturas y la información pertinente nos proporcionan reflexiones exquisitas. Una de las que más me ha gustado es la que ofrece cuando Cervantes se describía a sí mismo en uno de sus últimos escritos, ya viejo, y empleaba la palabra «soldado» para ello. Las implicaciones que podemos extraer de esa autodenominación cuando Cervantes sobrepasaba los sesenta y había escrito el Quijote, como bien indica Muñoz Molina, son desconcertantes. Se veía como soldado quizá del mismo modo en que don Quijote se creía un caballero, quizá la distancia entre el personaje y el autor no es tan grande como pudiera parecer.
Y es que la visión totalizadora de Cervantes no solo pudo explicar el mundo que habitó y muchas de las cuestiones del alma (como si fuera poco), sino que aún sigue dando respuesta a muchos de los sinsentidos que se han producido y se producen en el mundo. Como bien explica Muñoz Molina, el tema de la locura en don Quijote, basado en una negación de la realidad en favor de una ficción infame, rige principios como el de la guerra o sostiene, como explica en el libro, movimientos supremacistas como los surgidos en Estados Unidos, que tienen su raíz en malas ficciones compartidas.
Que este ensayo esté presente en las librerías resulta, en ese sentido, sorprendente: un mamotreto exigente, difícil de digerir para quien apenas tenga familiaridad con la obra. Y, sin embargo, ahí está, dispuesto a quitarnos la razón y a demostrar que Cervantes y El Quijote están mucho más cerca del lector medio de lo que solemos creer. Lo compruebo cada vez que mis alumnos —y también mis colegas— disfrutan cuando me entusiasmo, casi como Alonso Quijano, hablando de la biografía de Cervantes y de los aprendizajes que aún podemos extraer de la novela.
Sea así o no, agradezco la publicación de este ensayo porque me ha permitido sostener, alimentar y compartir con mayor conciencia el amor íntimo y duradero que siento por Cervantes. No sé si hoy puede hablarse de Cervantes con el lector medio, y no debería ser así; a mí me pagan, precisamente, para intentar que se pueda hablar de él con adultos que antes fueron estudiantes. Lucho por que eso ocurra, y por eso me considero un afortunado.
Este no es un libro para empezar con Cervantes, sino para volver a él.
Por si una noche decide devolvernos lo que se llevó, cierro bajo llave y dejo preparados el mortero y el cuchillo, para que no suceda lo que ocurrió la última vez. Entonces entró sin avisar: cajones abiertos, cosas por el suelo, la cartera vacía, la nevera arrasada y mi hija pequeña llorando desconsolada. No dejó nada en su sitio. Aprendí. Ahora lo espero más organizado, con la encimera despejada y todo lo que corta y machaca a mano para prepararle pollo relleno. Esta vez no me importa que vuelva a llevárselo todo. Viene de la universidad para Navidad y siempre llega con hambre.
Supongo que algunos hábitos se heredan sin querer y sin remedio. Por eso mi padre besaba el pan cada mañana, en silencio. Lo habría aprendido por el suyo, que huyó dejando una casa cerrada, una mesa puesta y una hogaza enfriándose sola. Yo beso, en lugar de este pan de cartón, las mañanas en ayunas, con las ventanas abiertas, para que se oree este falso hogar y entre aquel mismo silencio, sin saber ya si lo busco para sobrevivir o para aprender a huir cuando llegue ese día que se parece a todos los días.
¿Por qué los seres humanos se empeñan en realizar algo a toda costa? ¿No estarían mucho mejor inmóviles en este mundo, gozando de una calma total? ¿Pero qué es lo que hay que realizar? ¿Por qué tantos esfuerzos y tanta ambición? El ser humano ha perdido el sentido del silencio.
Emile Cioran
Últimamente le doy vueltas al tema del ruido en las aulas. Hace poco más de un mes varios titulares inundaron la prensa: las instituciones europeas alertaban de un problema de disciplina en España y nos situaban como «el tercer país que más tiempo pierde por el ruido de clase».
No sé hasta qué punto se puede elaborar un ranking sobre algo así. En cualquier caso, alguna verdad encierra, y lo cierto es que yo, como docente, lo siento —o, mejor dicho, lo padezco—. Raro es el día que no es ruidoso, y raro es el día que no me culpo por ello. Pienso en que no impongo lo suficiente, que quizá sea demasiado anárquico en mis sesiones, que a veces les doy demasiada rienda suelta a los chavales… y que, en fin, tengo lo que me merezco. Hay rachas en las que acabo sobrepasado; entonces, pruebo estrategias: alzar la voz, guardar un silencio incómodo hasta que se callen, frenar al que insiste, recorrer el aula sin descanso… A veces nada basta y recurro al comodín que detesto: negativo, parte, apercibimiento… llámese como se quiera; no deja de ser un castigo. Es, en demasiadas ocasiones, la única llave que cierra la puerta del ruido. O te colocas en modo autoritario y frío, o estás perdido. Y vuelta a la culpa.
Pero hay días en los que no cedo ante ese sentimiento y me obligo a pensar el problema desde fuera: ¿cuándo empieza todo esto?, ¿le sucede a todos?, ¿en otras materias no necesitan silencio?, ¿se trabaja de algún modo?, ¿en los colegios se educa la quietud?
Me cuesta obtener respuestas a tales preguntas o, llego a la conclusión, de que en el sistema educativo no las voy a encontrar. Hacemos lo que podemos. ¿En qué situaciones sociales los chicos tienen la necesidad de estar en silencio? Quizá en pocas, por no decir ninguna. Pocos deben ir al cine. ¿Y en los hogares?, ¿qué ocurre ahí?, ¿los padres y las madres tienen la necesidad de que los niños guarden silencio? Quizá no. ¿Cómo van a guardar silencio niños cuyos padres no tienen la necesidad de que estén en silencio? Si yo tengo hijos y quiero leer en casa, necesitaré silencio, y ahí me veré en la obligación de enseñarle cómo se guarda. No por disciplina, sino por convivencia. ¿Se lee en los hogares?
El panorama es, a veces, desolador: alumnos que no son conscientes de que no pueden hablar mientras el profesor explica —o, peor aún, que no deberían hacerlo con una voz más alta que la suya—; alumnos que no conocen el turno de palabra y se pisan unos a otros como si la conversación fuera un territorio que hay que conquistar a gritos. Todavía hay algo más triste: alumnos que sí saben guardar silencio y que deben soportar los estragos de quienes simplemente no quieren guardarlo.
Al final, el ruido en las aulas es solo el síntoma. Lo que de verdad inquieta es comprobar hasta qué punto el silencio ha dejado de formar parte de nuestra vida cotidiana. No se enseña porque casi nadie lo practica. Vivimos sobreestimulados: la luz de las pantallas encendidas a todas horas, los ruidos que se solapan, los dispositivos que compiten dentro de una misma habitación, la música que ya no acompaña sino que ocupa, esa necesidad de un fondo sonoro para no sentirnos solos, el jolgorio permanente de la calle. En ese paisaje, pedir silencio a un alumno es casi pedirle que respire de un modo que no conoce. Y, sin embargo, es justo lo que más necesita aprender.
Quizá el verdadero problema no sea el ruido en sí, sino que hemos olvidado que el silencio también se educa. No aparece solo: se siembra, se acompaña y, con suerte, se contagia. Pero para que ocurra hace falta una comunidad que lo valore. El silencio también es una voz, ojalá la escuela volviera a escucharla.
En la goma de sus calzoncillos se notaba que iba de estreno. Cada vez que salimos con la ambulancia y atendemos a un atropellado recuerdo a mi abuela: “Lleva siempre mudas nuevas porque nunca sabes cuándo vas a acabar en el hospital”. Repetía que no llamáramos a nadie y escondía la mano bajo el muslo. Me agaché para atenderlo y ya solo recuerdo que caí al suelo ensangrentado y su imagen huyendo de espaldas. Pude apreciar la alarma antirrobos en sus calzoncillos y su cartera con un fajo de billetes, sin la foto de su abuela. Recordé que al trabajo siempre llevo calzoncillos viejos.
El poema que él nunca terminó lo dejó a medias el último día del año. Se propuso dejar de fumar, apuntarse al gimnasio y dejar de beber. Nunca lo volví a ver. Supongo que la sobriedad lo mató. Siempre decía que la inspiración olía a tabaco y a vino barato, y que los poemas buenos solo se escriben con resaca. A veces pienso que, si hubiera seguido bebiendo, al menos habría terminado el maldito verso. En cambio, eligió salvarse. Y ya se sabe: nadie escribe nada decente después de salvarse.
Cuando encienda el volcán, según el oráculo, será el momento de partir: huir no debe cambiarnos el destino, solo aplazarlo. He sido condenado al ostracismo, dicen que mi palabra enciende lo que toca. Estoy al pie del monte mientras la ciudad duerme y el mar brilla como una salida tramposa. No sé qué camino elegir. A mi lado, ella apenas respira; me sigue sin fuerzas, sin preguntas. Quizás fueron las ruinas que dejé atrás. Por eso no temo al fuego, sino a las cenizas. Si el destino lo quiere, seremos jarrón, recuerdo, figura inmóvil entre la lava. Es hora de que tiemble el suelo.
No los puedo dejar tirados si quiero que el fuego brille en la noche, y menos en la más importante del año, la Sagrada Caza. De ella depende el futuro de la tribu. Ahí fuera el mal acecha: los otros, las bestias. Sé que si enciendo el fuego en lo alto de la colina podré ayudarlos. Cuando acerco la antorcha comprendo que no temo a las bestias, sino a lo que verán en mis ojos cuando me reconozcan.