En el margen literario

Un proyecto literario de escritura y de docencia.


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#CaféDominical del 22/02/26

Este domingo por fin amanece como todos deseábamos, con un día soleado y la subida de las temperaturas. Parece que quedan atrás todas esas semanas de viento, lluvia y frío. Hoy no es necesario hacerse el café ardiendo. El tiempo invita a salir afuera para dar un paseo, hacer deporte o, simplemente, tomar algo. Creo que algo parecido han debido sentir los que realizaron el pasado miércoles el acto de «Un paso al frente».

Parece que todo el país está ya con la cabeza puesta en el buen tiempo y en el próximo ciclo electoral: muchos andan impacientes, frotándose las manos; otros piensan en cómo seguir resistiendo los envites del destino; los últimos, los que quieren ver de nuevo la luz del sol, faltos de ideas e imaginación, andan buscando nuevos proyectos que ilusionen. Hace poco más de una década, el electorado progresista de este país se vio inmerso en un ciclo electoral que lo envolvió en un proyecto lleno de ilusión y que le hizo creer en una posibilidad real de transformación. De la fuerza de ese proyecto ya parece no quedar absolutamente nada, sin embargo, parece que seguimos tratando de agotar aquella fórmula.

Todo esto me trae a la mente Juegos de la edad tardía, de Luis Landero (1989). En esta novela, uno de los narradores extremeños más lúcidos, nos habla de Gregorio Olías, un administrativo de una empresa agrícola —y kafkiano donde los haya— que vive de ficciones compensatorias, de proyectos imaginarios que lo elevan por encima de su mediocridad cotidiana. Tanto es así que tiene la necesidad de inventarse una nueva identidad, Faroni. Hay en él una necesidad de épica que la realidad no satisface.
La política contemporánea funciona igual: con una necesidad constante de renovar identidades, de prometer narraciones heroicas que terminan en burocracia.

Cada proyecto nace envuelto en épica, pero la incapacidad de imaginar propuestas materiales que solucionen los problemas y los desgastes externos e internos de una espantosa realidad hacen que todo termine en una infructuosa gestión. ¿Por qué la ilusión política en España dura menos que una legislatura? ¿Nos hemos vuelto más escépticos o más impacientes? La impostura de Gregorio Olías termina volviéndose insostenible. El juego que comenzó como fantasía compensatoria crece, se complica, y acaba atrapándolo. La novela acaba con un desmadre en el que su amigo y cómplice de fantasías, Gil, termina por no aceptar tanta fantasía y empieza a exigir coherencia a la ficción, a empujarla hacia una grandeza que Gregorio no puede sostener.

Hoy el día invita a dar un paso al frente, a salir ahí fuera, pero ninguna consigna compensa la falta de soluciones ni esa dificultad nuestra para imaginar algo que no sea solo relato.


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#CaféDominical del 15/02/26

Hoy enciendo la cafetera con menos tranquilidad de la acostumbrada: hoy toca pasar el día en Badajoz. Huelo el grano al molerse y tiene un aroma carnavalero. De todas las festividades del calendario, probablemente esta sea la única con la que comulgo —valga la ironía—.

No soy yo muy dado a la jarana ni a hacer el mamamarracho —pero como todo es ponerse—, pero, en los últimos años, tengo la certeza de que hay que celebrar el carnaval por todo lo alto. No debería ser simplemente esta una fiesta más en la que la rueda del sistema siga girando para favorecer el consumo, tenemos una responsabilidad histórica. Desde sus orígenes paganos ha sido una celebración incómoda: borrada, domesticada, prohibida. Sin ánimo de dar la monserga ni de trazar un repaso por toda la historia, conviene recordar que durante la dictadura, desde 1937, el carnaval quedó oficialmente prohibido hasta 1978, ya en democracia. Solo en Cádiz, bajo el eufemismo de «Fiestas Típicas Gaditanas», se mantuvo encendida la llama. Sin máscaras ni disfraces en público, pero con coplas que sabían exactamente dónde doler.

Hoy no traigo a la memoria ninguna novela. Me tomo el café viendo la final de las murgas de Badajoz. Han ganado Los Camballotas. Su repertorio ha sido una denuncia directa de la situación de la atención primaria en la sanidad extremeña y un alegato que no se anda con rodeos: «la sanidad no se negocia». Entre sus letras hay poesía y hay herida: «la empatía no es virtud del ser humano, pues miramos para otro lado en medio del horror; se improvisan hospitales entre ruinas de ladrillos y la sombra de la muerte asomando en los pasillos; las llamadas de socorro y que aún, manda cojones, no lo llamen genocidio. Hago una llamada por la muerte con mi llanto a la vida para que se termine el terror en Palestina».

El carnaval no es evasión. Es permiso para decir lo que en otro contexto sería imprudente. Es sátira, pero también es memoria; es música, pero también es tribuna. La máscara no oculta: revela. El disfraz no es huida: es una forma antigua de señalar al poder sin que el poder pueda señalarte de vuelta.

Así que pónganse máscaras. Disfrácense. Rían, beban, bailen. Toquen el pito y hagan volteretas, zapatetas y botarates. Pero no olviden por qué lo hacen. A veces la democracia necesita ruido, necesita sátira y necesita burla; defendamos la democracia haciendo los payasos.