
Se acercan los premios Goya y, como casi todos los años, me pilla el toro. Siempre me propongo ver el mayor número posible de películas nominadas: por curiosidad, por formación y, sobre todo, porque suelo agradecer el descubrimiento de títulos que quizá de otro modo se me escaparían. Es una forma de tomarle el pulso a las nuevas propuestas del cine español y comprobar hacia dónde se está moviendo.
Muy lejos (2025), de Gerard Oms, es la cuarta que veo este año y, a decir verdad, no ha estado nada mal. Es el primer largometraje del director y para debutar ha optado por una historia incómoda y contemporánea: la de Sergio, un ultra del Espanyol que viaja a Utrecht en 2008 para pasar un fin de semana siguiendo a su equipo. Tras días de bullicio y alcohol, cuando llega el momento de volver, toma una decisión extraña: tira la cartera a una papelera y finge haberla perdido para no regresar a casa. No termino de entender ese gesto —me parece brusco, casi forzado— y tampoco compro del todo lo que algunas sinopsis insisten en subrayar: que sufre una crisis de ansiedad. En la película, al menos tal y como está narrada, ese episodio no se muestra de forma explícita.
Durante esa primera parte uno se queda descolocado. No sabes muy bien hacia dónde quiere ir la película ni qué clase de historia está empezando a contarse. Hay una sensación de deriva que puede inquietar o incluso incomodar, hasta que, ya bien avanzada la narración, comienzas a establecer conexiones y entiendes que esa desorientación no era un descuido, sino parte del planteamiento. A partir de ahí emerge un argumento profundamente contemporáneo que me ha interesado mucho: el del hombre perdido en la ciudad. Sergio intenta borrar su vida anterior con una elipsis radical y empezar de cero en otro idioma, en otro país, en los márgenes. Acepta trabajos precarios, convive con los estratos sociales más bajos y duerme en albergues sórdidos. Es el relato de alguien que no huye solo de un lugar, sino de sí mismo.
Es cierto que en este punto la película abusa, quizá, de cierto costumbrismo. Se recrea demasiado en el día a día del personaje, en la repetición de rutinas, en la acumulación de pequeños gestos que buscan construir verosimilitud. Para mi gusto, esa insistencia termina por dilatar el ritmo y resta algo de tensión al conjunto. Ahora bien, si eres un espectador paciente, de los que disfrutan observando los pormenores y las capas mínimas de comportamiento, la película se deja querer y termina encontrando su lugar.
Visualmente, la película no busca deslumbrar. Predominan los tonos grises del norte, los paisajes húmedos, los encuadres sobrios de una ciudad que parece siempre contenida. No hay grandes alardes formales ni imágenes que aspiren a quedarse grabadas por su espectacularidad. Todo está al servicio del estado interior del personaje. Por encima de esa aparente neutralidad estética, señalaría dos símbolos claros: el primero, la camiseta y el chándal del Espanyol, que siempre porta el personaje y que es el símbolo de cómo uno no puede borrar su identidad y de cómo, a pesar de que lo intente, esta está adherida a su piel y le persigue; la segunda, que aparece puntualmente, son los diques que protegen la ciudad del agua. Es difícil no leerlos como una prolongación del propio Sergio. Esos muros que contienen la inundación funcionan como metáfora de un personaje que vive a base de contención, levantando barreras para que nada se desborde. Pero ya sabemos que el agua, cuando encuentra una grieta, termina filtrándose.
Sin ánimo de destripar nada, la película se adentra en un territorio delicado: el de la identidad sexual y la represión. No lo hace desde el subrayado ni desde el discurso explícito, sino desde el silencio y la huida. Sergio no está solo perdido en una ciudad extranjera; está perdido frente a sí mismo. Y ahí la película adquiere su verdadero sentido. Resulta inquietante comprobar cómo, en pleno siglo XXI, seguimos asistiendo a historias marcadas por el miedo a asumir quién se es. Pensábamos que ciertas batallas estaban superadas, pero la realidad demuestra que no siempre es así. A veces la represión no viene impuesta desde fuera, sino que se interioriza hasta convertirse en un dique más. Y cuando eso ocurre, el riesgo de ahogarse es real.



