En el margen literario

Un proyecto literario de escritura y de docencia.


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#CaféDominical del 01/03/2026

MARZOS Y ESPERAS

Primer café de un mes a estrenar. Tras un febrero que siempre resulta incompleto, hoy lo he hecho más espumoso que de costumbre. El sol cae limpio, todo reverdece y la primavera parece bullir, impaciente, como si no supiera demorarse.
Comienza marzo y, otra vez, el rumor de una guerra. Ni siquiera han esperado al cambio de calendario: ayer Estados Unidos e Israel lanzaron ataques sobre Irán y la palabra “escalada” volvió a ocupar titulares. Mientras aquí florecen los almendros, en otros lugares se afinan misiles.

La espera retratada en novelas con climas prebélicos siempre tiene mucho que enseñar. No hace tanto volví a El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati. En ella, un joven oficial, Giovanni Drogo, es destinado a la Fortaleza Bastiani, un puesto fronterizo aislado frente a un desierto al que iban llegar los tártaros. Al principio lo vive como un castigo provisional, una estación de paso antes de regresar a la ciudad y a la vida verdadera. Sin embargo, la fortaleza tiene algo hipnótico: el horizonte vacío, las guardias repetidas, los informes minuciosos sobre movimientos que nunca se confirman.
Los años pasan entre rumores, pequeñas alarmas, sombras en la distancia que parecen anunciar por fin la invasión. Cada señal reaviva la ilusión de que el gran acontecimiento está a punto de producirse. Los oficiales envejecen esperando esa prueba definitiva que dé sentido a su carrera y a su sacrificio.

La novela termina cuando envían al protagonista fuera de la fortaleza porque ya no está en condiciones de combatir. Drogo se encuentra solo, en una habitación de posada, enfrentándose a la muerte lejos del escenario heroico que había imaginado. No hay batalla gloriosa. No hay redención pública. Solo una aceptación íntima y sobria de su destino. Ahí está la grandeza del final:
Buzzati no habla de guerra, sino del autoengaño de creer que nuestra vida será legitimada por un gran acontecimiento futuro.

Quizá por eso convenga desconfiar de la espera cuando se disfraza de destino. La primavera no espera a que el calendario esté listo: bulle, irrumpe, florece aunque nadie la haya convocado. Drogo aguardó toda una vida el momento que debía justificarla y, cuando por fin pareció asomar, ya no estaba en condiciones de vivirlo. Tal vez la lección sea más sencilla de lo que creemos: la vida no va de vigilar el horizonte hasta que algo grandioso ocurra, sino de habitar el presente mientras el mundo, con su ruido y su violencia, insiste en estallar. Marzo empieza hoy. No sabemos qué traerá. Pero sí sabemos algo elemental: empezar a vivir rodeado de guerra es otra forma más de derrota.


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#CaféDominical del 15/02/26

Hoy enciendo la cafetera con menos tranquilidad de la acostumbrada: hoy toca pasar el día en Badajoz. Huelo el grano al molerse y tiene un aroma carnavalero. De todas las festividades del calendario, probablemente esta sea la única con la que comulgo —valga la ironía—.

No soy yo muy dado a la jarana ni a hacer el mamamarracho —pero como todo es ponerse—, pero, en los últimos años, tengo la certeza de que hay que celebrar el carnaval por todo lo alto. No debería ser simplemente esta una fiesta más en la que la rueda del sistema siga girando para favorecer el consumo, tenemos una responsabilidad histórica. Desde sus orígenes paganos ha sido una celebración incómoda: borrada, domesticada, prohibida. Sin ánimo de dar la monserga ni de trazar un repaso por toda la historia, conviene recordar que durante la dictadura, desde 1937, el carnaval quedó oficialmente prohibido hasta 1978, ya en democracia. Solo en Cádiz, bajo el eufemismo de «Fiestas Típicas Gaditanas», se mantuvo encendida la llama. Sin máscaras ni disfraces en público, pero con coplas que sabían exactamente dónde doler.

Hoy no traigo a la memoria ninguna novela. Me tomo el café viendo la final de las murgas de Badajoz. Han ganado Los Camballotas. Su repertorio ha sido una denuncia directa de la situación de la atención primaria en la sanidad extremeña y un alegato que no se anda con rodeos: «la sanidad no se negocia». Entre sus letras hay poesía y hay herida: «la empatía no es virtud del ser humano, pues miramos para otro lado en medio del horror; se improvisan hospitales entre ruinas de ladrillos y la sombra de la muerte asomando en los pasillos; las llamadas de socorro y que aún, manda cojones, no lo llamen genocidio. Hago una llamada por la muerte con mi llanto a la vida para que se termine el terror en Palestina».

El carnaval no es evasión. Es permiso para decir lo que en otro contexto sería imprudente. Es sátira, pero también es memoria; es música, pero también es tribuna. La máscara no oculta: revela. El disfraz no es huida: es una forma antigua de señalar al poder sin que el poder pueda señalarte de vuelta.

Así que pónganse máscaras. Disfrácense. Rían, beban, bailen. Toquen el pito y hagan volteretas, zapatetas y botarates. Pero no olviden por qué lo hacen. A veces la democracia necesita ruido, necesita sátira y necesita burla; defendamos la democracia haciendo los payasos.


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#CafeDominical del 08/02/26

Como cada domingo y como cada día, enciendo la cafetera y cojo el teléfono. Reviso las redes sociales y casi nunca me detengo a pensarlo, pero doy por hecho que son acciones que realizo como un sujeto libre. Sin embargo, estos gestos ya me los sé, no están exentos de libertad.
Me sirvo el café y pienso en que no es casual que el café sea una de mis bebidas favoritas y a la vez sea una de las que más beneficia al sistema por lo estimulante.
Paladeo la espuma y sigo haciendo «scroll». Igual de estimulantes son las redes sociales. Pienso en que me hacen bien, en que me informo, me inspiran, me estimulan.
Esta semana la polémica ha estado servida con la norma del Gobierno para prohibir las redes sociales a menores de dieciséis, los mandamases de las tecnológicas no han dudado en alzar la voz camuflando su molestia porque va radicalmente en contra de sus intereses —y teme una reacción en cadena de los demás países europeos— bajo un argumento propio de la retórica del opresor: quieren coartar vuestra libertad, dicen.
Doy un sorbo y se me viene a la mente La vida instrucciones de uso, de Perec. Un edificio entero descrito habitación por habitación, vida por vida, bajo la apariencia de un caos minucioso. Nada parece sometido a una autoridad central y, sin embargo, todo obedece a un sistema de reglas férreas que el lector no ve, pero que lo sostienen todo.
En la novela de Perec no hay libertad absoluta, pero tampoco opresión: hay un marco común que hace posible que cada historia exista. Las reglas no se ocultan ni se disfrazan de espontaneidad; están ahí, incluso cuando no se explicitan.
Quizá el problema de nuestro tiempo no sea la norma, sino haber aceptado durante años reglas invisibles impuestas por intereses privados que se presentan como libertad. Nadie nos prohíbe hacer scroll; simplemente hemos aprendido a hacerlo.
Termino el café. El edificio sigue en pie. Yo también sigo dentro.