Hoy enciendo la cafetera con menos tranquilidad de la acostumbrada: hoy toca pasar el día en Badajoz. Huelo el grano al molerse y tiene un aroma carnavalero. De todas las festividades del calendario, probablemente esta sea la única con la que comulgo —valga la ironía—.
No soy yo muy dado a la jarana ni a hacer el mamamarracho —pero como todo es ponerse—, pero, en los últimos años, tengo la certeza de que hay que celebrar el carnaval por todo lo alto. No debería ser simplemente esta una fiesta más en la que la rueda del sistema siga girando para favorecer el consumo, tenemos una responsabilidad histórica. Desde sus orígenes paganos ha sido una celebración incómoda: borrada, domesticada, prohibida. Sin ánimo de dar la monserga ni de trazar un repaso por toda la historia, conviene recordar que durante la dictadura, desde 1937, el carnaval quedó oficialmente prohibido hasta 1978, ya en democracia. Solo en Cádiz, bajo el eufemismo de «Fiestas Típicas Gaditanas», se mantuvo encendida la llama. Sin máscaras ni disfraces en público, pero con coplas que sabían exactamente dónde doler.
Hoy no traigo a la memoria ninguna novela. Me tomo el café viendo la final de las murgas de Badajoz. Han ganado Los Camballotas. Su repertorio ha sido una denuncia directa de la situación de la atención primaria en la sanidad extremeña y un alegato que no se anda con rodeos: «la sanidad no se negocia». Entre sus letras hay poesía y hay herida: «la empatía no es virtud del ser humano, pues miramos para otro lado en medio del horror; se improvisan hospitales entre ruinas de ladrillos y la sombra de la muerte asomando en los pasillos; las llamadas de socorro y que aún, manda cojones, no lo llamen genocidio. Hago una llamada por la muerte con mi llanto a la vida para que se termine el terror en Palestina».
El carnaval no es evasión. Es permiso para decir lo que en otro contexto sería imprudente. Es sátira, pero también es memoria; es música, pero también es tribuna. La máscara no oculta: revela. El disfraz no es huida: es una forma antigua de señalar al poder sin que el poder pueda señalarte de vuelta.
Así que pónganse máscaras. Disfrácense. Rían, beban, bailen. Toquen el pito y hagan volteretas, zapatetas y botarates. Pero no olviden por qué lo hacen. A veces la democracia necesita ruido, necesita sátira y necesita burla; defendamos la democracia haciendo los payasos.
Como cada domingo y como cada día, enciendo la cafetera y cojo el teléfono. Reviso las redes sociales y casi nunca me detengo a pensarlo, pero doy por hecho que son acciones que realizo como un sujeto libre. Sin embargo, estos gestos ya me los sé, no están exentos de libertad. Me sirvo el café y pienso en que no es casual que el café sea una de mis bebidas favoritas y a la vez sea una de las que más beneficia al sistema por lo estimulante. Paladeo la espuma y sigo haciendo «scroll». Igual de estimulantes son las redes sociales. Pienso en que me hacen bien, en que me informo, me inspiran, me estimulan. Esta semana la polémica ha estado servida con la norma del Gobierno para prohibir las redes sociales a menores de dieciséis, los mandamases de las tecnológicas no han dudado en alzar la voz camuflando su molestia porque va radicalmente en contra de sus intereses —y teme una reacción en cadena de los demás países europeos— bajo un argumento propio de la retórica del opresor: quieren coartar vuestra libertad, dicen. Doy un sorbo y se me viene a la mente La vida instrucciones de uso, de Perec. Un edificio entero descrito habitación por habitación, vida por vida, bajo la apariencia de un caos minucioso. Nada parece sometido a una autoridad central y, sin embargo, todo obedece a un sistema de reglas férreas que el lector no ve, pero que lo sostienen todo. En la novela de Perec no hay libertad absoluta, pero tampoco opresión: hay un marco común que hace posible que cada historia exista. Las reglas no se ocultan ni se disfrazan de espontaneidad; están ahí, incluso cuando no se explicitan. Quizá el problema de nuestro tiempo no sea la norma, sino haber aceptado durante años reglas invisibles impuestas por intereses privados que se presentan como libertad. Nadie nos prohíbe hacer scroll; simplemente hemos aprendido a hacerlo. Termino el café. El edificio sigue en pie. Yo también sigo dentro.
En la vida no basta con saber qué se quiere: también es fundamental tener claro qué no. Pues con esto de narrar sucede más de lo mismo, y es que esta es la premisa de la que han partido Howard Mittelmark y Sandra Newman a la hora de escribir este manual. Ambos autores han aprovechado la experiencia que han obtenido por haber trabajado con editoriales de NuevaYork de la talla de Viking, Penguin, HarperCollins, Scholastic, Simon & Schuste o Random House para ofrecernos su sabiduría a los aprendices de esto.
El trabajo consta de 200 errores habituales agrupados en torno a cuatro grandes partes: la primera estaría relacionada con los errores más frecuentes que se cometen en la trama; la segunda parte está destinada a los personajes; la tercera está reservada a cuestiones de estilo; por último, la cuarta, se dedica a analizar la figura del narrador. Cada uno funciona como una galería de horrores narrativos comentados con ironía editorial. No hay solemnidad ni dogmatismo: hay oficio. Se nota que hablan desde la mesa de trabajo del editor que ha leído demasiados manuscritos malos y que, en lugar de pontificar, decide reírse un poco del desastre. El humor no es un adorno, es una estrategia didáctica: el lector baja la guardia y, cuando quiere darse cuenta, se reconoce en más de un error.
Con grandes dosis de humor, estos editores han creado este manual la mar de divertido. Ese punto de partida no es solo un recurso retórico, sino la columna vertebral del libro. Cómo no escribir una novela avanza como un catálogo de errores, sí, pero sobre todo como una pedagogía negativa: no te dice cómo hacerlo bien, sino por qué lo haces mal. Y ahí está su acierto. Frente a los manuales que prometen recetas, Mittelmark y Newman optan por el bisturí: desmontan clichés, escenas fallidas, personajes imposibles y tramas infladas para que el lector aprenda por contraste, casi por vergüenza ajena.
La estructura de los capítulos es bastante útil en cuanto que todos siguen la misma estructura: crean un resumen al inicio para que sepas de qué va a tratar, lo cual es útil si hay aspectos que no interesan, y proponen ejemplos prácticos sobre los errores. Reconozco que muchos de estos me los he saltado, pero se agradece su presencia ya que este es un manual para tenerlo siempre presente y recurrir a él de cuando en cuando.
El estilo no es nada pomposo ni posee jerga narratológica compleja, los autores te hablan con un registro muy coloquial y creo que es todo un acierto, pues su objetivo no es llegar a escritores profesionales, ya que, dado su contenido, busca como lector a aquellas personas que se inician en el oficio del narrar o que no tienen mucha andadura. A medida que uno lo lee puede llegar a la conclusión de que muchos de los errores que se plantean podrían parecer demasiado obvios, pero sorprende cuando uno participa en talleres de narrativa o lee literatura menor, puede comprobar cómo los textos están plagados de muchos de los errores que aquí se advierten. Por mencionar algunos:
Retrasar el inicio de la acción durante demasiadas páginas.
Comenzar con el protagonista levantándose de la cama.
Ahogar la narración en detalles que no conducen a nada.
Confundir ambientación con relleno: explayarse con todo lujo de detalles tanto en el ambiente como en la psicología del personaje escribiendo páginas y más páginas que no tienen utilidad.
Cambios en los tiempos verbales de una forma impredecible: uso indebido de los pasados, saltos hacia adelante y hacia atrás constantes que enmarañan y dificultan la compresión.
Crear historias de amor en las que se fuerza una química instantánea sin conflicto ni proceso: los personajes son guapisímos/as y están dispuestos desde el primer momento a tener una historia de amor preciosa. Además, su razón de ser en el mundo es vivir una historia de amor.
Personajes que no saben por qué actúan como actúan.
Personajes que explican su vida entera en un encuentro irrelevante.
Diálogos que solo sirven para informar al lector (exposición disfrazada).
Crear misterios o problemas narrativos que no se resuelven.
Introducir subtramas que no vuelven a aparecer o no afectan a la historia.
Usar coincidencias salvadoras para salir del lío.
Abusar del narrador explicando lo que el lector ya ve.
Repetir la misma idea con distintas frases.
Personajes secundarios intercambiables: todos hablan igual.
Metáforas y adornos que suenan “literarios” pero no precisan nada.
Cambiar el tono a mitad de camino sin que la historia lo sostenga.
Hacer un final espontáneo que surge de la nada y no cierra la trama.
Rematar con moralina y sobreexplicación del “mensaje”.
Terminar apagando el conflicto en vez de resolverlo (final desinflado).
En definitiva, este manual no te enseña a escribir una novela, pero sí a detectar cuándo estás escribiendo una mala. Y eso, para quien ya ha pasado la fase ingenua, es mucho más útil. No hay promesas de talento ni atajos creativos: solo una idea incómoda y honesta que atraviesa todo el volumen, y romperlo exige lectura crítica, paciencia y una buena dosis de autocrítica.
Supongo que algunos hábitos se heredan sin querer y sin remedio. Por eso mi padre besaba el pan cada mañana, en silencio. Lo habría aprendido por el suyo, que huyó dejando una casa cerrada, una mesa puesta y una hogaza enfriándose sola. Yo beso, en lugar de este pan de cartón, las mañanas en ayunas, con las ventanas abiertas, para que se oree este falso hogar y entre aquel mismo silencio, sin saber ya si lo busco para sobrevivir o para aprender a huir cuando llegue ese día que se parece a todos los días.