Esta semana toca hablar de cierres como el del portazo que el domingo da a la semana. En estos últimos días ha sido noticia el cierre de la librería de Malasaña, Tipos Infames, librería que pisé una única vez, creo.
Los dueños, con su ropa vintage, sus bigotes y sus pelucas, hablan de que les ha expulsado la gentrificación —¿por qué no mencionan al fondo que les ha untado?—. Los medios se han hecho eco y la polémica se ha servido, mucha gente sugiere que quizá también haya tenido que ver el hecho de que son un tanto cretinos.
Una de las reflexiones más lúcidas que leí hablaba acerca de cómo todos coincidimos en odiar la gentrificación pero debemos recordar qué significa: la gente joven y guay que llega al barrio y lo hace atractivo es parte del proceso que acabará expulsándolos porque su supervivencia depende de todo el proceso especulador que crecerá a su alrededor.
Hay novelas que ya contaron esto sin necesidad de hashtags ni polémicas: cuando el proceso avanza, nadie queda fuera del radio de devastación. Y una de ellas es Crematorio (2007), de Rafael Chirbes. En Crematorio asistimos al proceso de destrucción de una ciudad en la costa levantina por el boom. En ella se despliega un coro de voces conformado por políticos, arquitectos, antiguos militantes de izquierdas, intelectuales, trabajadores, familiares… Todos están ligados al dinero, a la comodidad y a la idea de progreso; todas ellas van devorando cualquier resto de ética, de paisaje y de memoria.
La especulación no es algo externo, es una red en la que todos estamos dentro. Dejemos de fingir que somos espectadores. El portazo del domingo, el de la librería que baja la persiana, el del barrio que cambia de manos: todo forma parte del mismo movimiento lento e implacable. No hay un afuera limpio desde el que indignarse. Solo la incómoda certeza de estar dentro participando mientras algo se acaba.

Descubre más desde En el margen literario
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

25 de enero de 2026 en 10:17
Cierto: a veces la pose pesa más que el proyecto. Como los neobarberos de bigote y tirantes, que convierten lo auténtico en un decorado, al final todo acaba perdiendo frescura.
Saludos. Ritz.
(Por error con WordPress he suprimido seguidores y tú me seguías, quisiera que te suscribieras de nuevo, no se qué hice intentando no crear spam algo borré… Disculpas?
Me gustaLe gusta a 2 personas
25 de enero de 2026 en 10:28
Comparto tu opinión, amigo. La frescura no está necesariamente donde está la corriente.
Claro sí, te sigo de vuelta. En el teléfono suele dar fallo la aplicación y me pasan cosas de este tipo. Abrazo virtual.
Me gustaLe gusta a 1 persona
25 de enero de 2026 en 10:39
Me gusta ese guiño de tu artículo a la autoindulgencia cultural, esa idea de que quienes consumen o producen cultura se colocan moralmente por encima del propio proceso de destrucción urbana. Me incluyo, porque al final consentimos tanto que todo termina devolviéndose.
Saludos y gracias!
(Usar el móvil me da mucha guerra, demasiada.)
Me gustaLe gusta a 2 personas
25 de enero de 2026 en 18:18
👏
Me gustaLe gusta a 3 personas
25 de enero de 2026 en 18:22
Muchas gracias por tu lectura. Abrazo.
Me gustaLe gusta a 2 personas
30 de enero de 2026 en 16:28
No se me había ocurrido verlo desde ese punto de vista y creo que tienes razón.
(Quiero seguir tu blog, pero no veo dónde hacerlo)
Me gustaLe gusta a 3 personas