Este domingo por fin amanece como todos deseábamos, con un día soleado y la subida de las temperaturas. Parece que quedan atrás todas esas semanas de viento, lluvia y frío. Hoy no es necesario hacerse el café ardiendo. El tiempo invita a salir afuera para dar un paseo, hacer deporte o, simplemente, tomar algo. Creo que algo parecido han debido sentir los que realizaron el pasado miércoles el acto de «Un paso al frente».
Parece que todo el país está ya con la cabeza puesta en el buen tiempo y en el próximo ciclo electoral: muchos andan impacientes, frotándose las manos; otros piensan en cómo seguir resistiendo los envites del destino; los últimos, los que quieren ver de nuevo la luz del sol, faltos de ideas e imaginación, andan buscando nuevos proyectos que ilusionen. Hace poco más de una década, el electorado progresista de este país se vio inmerso en un ciclo electoral que lo envolvió en un proyecto lleno de ilusión y que le hizo creer en una posibilidad real de transformación. De la fuerza de ese proyecto ya parece no quedar absolutamente nada, sin embargo, parece que seguimos tratando de agotar aquella fórmula.
Todo esto me trae a la mente Juegos de la edad tardía, de Luis Landero (1989). En esta novela, uno de los narradores extremeños más lúcidos, nos habla de Gregorio Olías, un administrativo de una empresa agrícola —y kafkiano donde los haya— que vive de ficciones compensatorias, de proyectos imaginarios que lo elevan por encima de su mediocridad cotidiana. Tanto es así que tiene la necesidad de inventarse una nueva identidad, Faroni. Hay en él una necesidad de épica que la realidad no satisface.
La política contemporánea funciona igual: con una necesidad constante de renovar identidades, de prometer narraciones heroicas que terminan en burocracia.
Cada proyecto nace envuelto en épica, pero la incapacidad de imaginar propuestas materiales que solucionen los problemas y los desgastes externos e internos de una espantosa realidad hacen que todo termine en una infructuosa gestión. ¿Por qué la ilusión política en España dura menos que una legislatura? ¿Nos hemos vuelto más escépticos o más impacientes? La impostura de Gregorio Olías termina volviéndose insostenible. El juego que comenzó como fantasía compensatoria crece, se complica, y acaba atrapándolo. La novela acaba con un desmadre en el que su amigo y cómplice de fantasías, Gil, termina por no aceptar tanta fantasía y empieza a exigir coherencia a la ficción, a empujarla hacia una grandeza que Gregorio no puede sostener.
Hoy el día invita a dar un paso al frente, a salir ahí fuera, pero ninguna consigna compensa la falta de soluciones ni esa dificultad nuestra para imaginar algo que no sea solo relato.

Descubre más desde En el margen literario
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

22 de febrero de 2026 en 12:54
Los esfuerzos inútiles conducen a la melancolía… La izquierda, el comunismo, es muy mala idea, y nada puede salir bien de una mala idea.
…eeen fin. Saludos…🙏
Me gustaLe gusta a 2 personas
22 de febrero de 2026 en 13:00
Gracias por tu lectura y tu comentario, Antonio. Es siempre un placer que nos leamos. Abrazo.
Me gustaLe gusta a 2 personas
22 de febrero de 2026 en 13:17
Necesitamos recuperar el espíritu de la pintada «L’imagination au pouvoir» de la Universidad de la Sorbona en mayo del 68…Nuevos movimientos que trasciendan las viejas nomenclaturas y métricas mal resueltas requieren nuestra atención y esfuerzo de construcción…
Me gustaLe gusta a 2 personas
22 de febrero de 2026 en 13:42
Totalmente. Gracias por tu lectura y tu comentario. Abrazo.
Me gustaLe gusta a 2 personas
22 de febrero de 2026 en 15:12
Y como con cada nueva quijotada de Gregorio Olías, sabemos que saldrá mal, pero siempre tenemos una pequeñita esperanza, o deseo de que ojalá salga bien. Simpatizamos con las buenas intenciones disparatadas, es así.
No hace demasiado que lei Juegos de la edad tardía, me parece maravilloso, cómo se puede hacer un ejercicio de imaginación tan poderoso y con una prosa tan fantásticamente bien construida.
Me gustaLe gusta a 2 personas
22 de febrero de 2026 en 15:45
Está ya fuera su última obra, Coloquio de invierno. Estoy deseando hincarle el diente.
Me gustaLe gusta a 2 personas
22 de febrero de 2026 en 22:33
La coherencia… Ay, la coherencia, qué gran vocablo para definir cómo pensamientos y palabras no se quedan flotando en la Nada sino que van en consonancia con las acciones. Sentir, ser y parecer, la trinidad de las convicciones.
Salud.
Me gustaLe gusta a 2 personas
22 de febrero de 2026 en 22:37
Empresa nada sencilla. Gracias por leer, como siempre. 😊
Me gustaLe gusta a 2 personas