Jamás olvidaré las palabras que escuché y leí a un profesor al que tuve la suerte de tener en la Universidad, M. A. Lama; decía que le parecía increíble que le pagaran por su trabajo, el de investigar y enseñar sobre literatura, pues, razonaba, era algo que haría gratuitamente, por pura afición. De hecho, escribió y publicó una obra al respecto a la que dio el título, si no me equivoco, de unas palabras extraídas de JRJ: El trabajo gustoso.
En mi caso, no sé si corro la misma suerte, si puedo decir que me guste tanto mi trabajo como para asegurar que lo haría por pura afición. No puedo decir que me guste mi profesión todo el tiempo, ni todos los días —no puedo obviar la precariedad sufrida, la falta de recursos, la pérdida de autoridad y de consideración hacia la profesión, etc., etc.—. Pero sí que hay veces en las que siento la enorme suerte y el privilegio que tengo. Si tuviera que quedarme con una de esas ocasiones, quizá uno de esos momentos se produce cuando tengo que enseñar el Quijote.
Es, sin remedio, mi libro favorito; no tengo escapatoria. Me gusta, además de por las razones consabidas, por lo inabarcable, porque podrías pasarte varias horas hablando de su importancia, otras tantas de la biografía de Cervantes y de todas sus incógnitas —muchas veces a la altura de la propia novela—, del universo que contiene, de su estilo… Cada curso supone un nuevo reto para tratar de explicarla más y mejor y me temo que tengo la fortuna de que ese trabajo me llevará toda una vida. Estoy, afortunadamente, condenado a releerla una y otra vez, a acercarme a sus pasajes desde diferentes perspectivas, a reírme con su humor escatológico, a llorar con su lucidez, a detenerme en sus silencios, a discutir con mis alumnos sus derrotas y sus grandezas, a descubrir que cada lectura me dice algo distinto.

Hay tantos aspectos que me costaría quedarme con uno solo, pero, si tuviera que elegir, me quedaría con uno de los aprendizajes que se desprenden del final, quizá el más humanista de todos: todos somos extremadamente ridículos, vergonzosos y vulnerables, aunque salimos al mundo creyéndonos un poco firmes, lúcidos y más preparados de lo que realmente estamos. Pero no pasa nada, a todos el mundo nos corregirá sin delicadeza. Cuando salgamos ahí fuera, a la realidad, nos vapulearán, nos darán un sinfín de golpazos, se reirán de nosotros y nos humillarán.
La derrota final del personaje no es la caída ni la muerte, sino la renuncia a la ficción que le daba sentido. Y ahí está la lección más incómoda y más hermosa: el riesgo no es fracasar, sino dejar de intentar. Quizá por eso me gusta enseñarlo. Porque en un aula llena de adolescentes que todavía no han salido del todo al mundo, el libro funciona como advertencia y como permiso. Les advierte de que el ridículo llegará, de que el error es inevitable, de que la burla forma parte del aprendizaje. Pero también les concede algo fundamental: la posibilidad de elegir su propia aventura.
Cada vez que cierro el libro con ellos tengo la sensación de que el Quijote no habla del pasado, sino de la valentía mínima que exige cualquier vida que merezca ser vivida. Y, en el fondo, quizá esa sea la razón última por la que estoy condenado, sin remedio, a considerarlo mi libro favorito.
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25 de febrero de 2026 en 11:28
¡Qué bonita reflexión! Me has despertado las ganas de volver al Quijote. Confieso que no lo he leído entero.
Saludos
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25 de febrero de 2026 en 11:44
Muchas gracias por tu lectura y por tus palabras.
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25 de febrero de 2026 en 11:54
Gracias por este post tan, importante…🙏💕✍️
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25 de febrero de 2026 en 12:28
Gracias a ti por leer.
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25 de febrero de 2026 en 13:31
Te ha sucedido lo mismo que a mí, en la Universidad el profesor Mariano Baquero Goyanes, me hizo entusiasmarme por «El Quijote» y sigue siendo mi libro preferido, a pesar de las caras que ponen quienes me preguntan. Hemos tenido mucha suerte. Un abrazo.
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25 de febrero de 2026 en 15:40
Seamos cervantistas sin complejos. Me alegra mucho leerte decir eso. Abrazo
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3 de marzo de 2026 en 11:08
Complejos ningunos. Un abrazo
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25 de febrero de 2026 en 16:59
Me encanta este fragmento de tu entrada: «La derrota final del personaje no es la caída ni la muerte, sino la renuncia a la ficción que le daba sentido.» Gracias:)
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25 de febrero de 2026 en 17:27
Muchas gracias. Me alegro de que te haya gustado. Me gusta mucho tu blog y te leo (aunque no pueda comentar). Siempre habrá alguien del otro lado dispuesto a leernos. Abrazo.
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25 de febrero de 2026 en 17:36
Gracias a ti. Y disculpa que no tenga los comentarios abiertos ahora. Es que el blog se ha ido de vacaciones:) Muchas gracias, de nuevo. Un abrazo.
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26 de febrero de 2026 en 00:53
Excelente tu post. Me quedo con: «Todos somos extremadamente ridículos, vergonzosos y vulnerables, aunque salimos al mundo creyéndonos un poco firmes, lúcidos y más preparados de lo que realmente estamos.»
A mí también me encanta enseñar. En algunos momentos lo he hecho gratuitamente (ESL).
Lo mismo se podría decir de la escritura. La mayoría de los escritorres lo hacemos (al menos al principio) por el puro placer, sin saber si alguien va a leer, menos aún a pagar por nuestros libros.
Saludos desde Hobbs.
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26 de febrero de 2026 en 08:37
Así es, tienes toda la razón. Gracias por leer y por prolongar mis textos de una forma tan acertada con tus comentarios. Abrazo.
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26 de febrero de 2026 en 07:40
«Don Quixote» one of the precious books in my own library. How many time I read, I can’t remember. It is always so good and never disappoints, a book timeless.. But this is the first time, from a teacher and from its own language, I read thoughts about this great book. Your students should feel lucky themselves. Yes, the book and the writer there but someone should open a door for these young people. I do appreciatte. Thank you, I love literature… Love, nia
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26 de febrero de 2026 en 17:44
Thank you.
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