En el margen literario

Un proyecto literario de escritura y de docencia.


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Wislawa Szymborska en #FragmentosAlMargen

Prefiero el cine.

Prefiero los gatos.

Prefiero los robles a orillas del Warta.

Prefiero Dickens a Dostoievski.

Prefiero que me guste la gente

a amar a la humanidad.

Prefiero tener a la mano hilo y aguja.

Prefiero no afirmar

que la razón es la culpable de todo.

Prefiero las excepciones.

Prefiero salir antes.

Prefiero hablar de otra cosa con los médicos.

Prefiero las viejas ilustraciones a rayas.

Prefiero lo ridículo de escribir poemas

a lo ridículo de no escribirlos.

Wislawa Szymborska.


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#CaféDominical del 15/02/26

Hoy enciendo la cafetera con menos tranquilidad de la acostumbrada: hoy toca pasar el día en Badajoz. Huelo el grano al molerse y tiene un aroma carnavalero. De todas las festividades del calendario, probablemente esta sea la única con la que comulgo —valga la ironía—.

No soy yo muy dado a la jarana ni a hacer el mamamarracho —pero como todo es ponerse—, pero, en los últimos años, tengo la certeza de que hay que celebrar el carnaval por todo lo alto. No debería ser simplemente esta una fiesta más en la que la rueda del sistema siga girando para favorecer el consumo, tenemos una responsabilidad histórica. Desde sus orígenes paganos ha sido una celebración incómoda: borrada, domesticada, prohibida. Sin ánimo de dar la monserga ni de trazar un repaso por toda la historia, conviene recordar que durante la dictadura, desde 1937, el carnaval quedó oficialmente prohibido hasta 1978, ya en democracia. Solo en Cádiz, bajo el eufemismo de «Fiestas Típicas Gaditanas», se mantuvo encendida la llama. Sin máscaras ni disfraces en público, pero con coplas que sabían exactamente dónde doler.

Hoy no traigo a la memoria ninguna novela. Me tomo el café viendo la final de las murgas de Badajoz. Han ganado Los Camballotas. Su repertorio ha sido una denuncia directa de la situación de la atención primaria en la sanidad extremeña y un alegato que no se anda con rodeos: «la sanidad no se negocia». Entre sus letras hay poesía y hay herida: «la empatía no es virtud del ser humano, pues miramos para otro lado en medio del horror; se improvisan hospitales entre ruinas de ladrillos y la sombra de la muerte asomando en los pasillos; las llamadas de socorro y que aún, manda cojones, no lo llamen genocidio. Hago una llamada por la muerte con mi llanto a la vida para que se termine el terror en Palestina».

El carnaval no es evasión. Es permiso para decir lo que en otro contexto sería imprudente. Es sátira, pero también es memoria; es música, pero también es tribuna. La máscara no oculta: revela. El disfraz no es huida: es una forma antigua de señalar al poder sin que el poder pueda señalarte de vuelta.

Así que pónganse máscaras. Disfrácense. Rían, beban, bailen. Toquen el pito y hagan volteretas, zapatetas y botarates. Pero no olviden por qué lo hacen. A veces la democracia necesita ruido, necesita sátira y necesita burla; defendamos la democracia haciendo los payasos.


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Nota al margen del aula #8

Estamos ya casi en el ecuador de la evaluación y se acumulan las correcciones. Tengo que confesar que una de las cosas que menos me gusta de esta profesión es corregir. Es una labor muy dura, muy tediosa, muy monótona. Hay semanas en las que estamos más de diez horas semanales (y más de veinte también cuando se acerca la evaluación) enfrentándonos a tomos de papeles como diásporas con la única defensa de un bolígrafo rojo.

Leemos y releemos lo mismo diez, veinte, treinta, cuarenta, cincuenta veces: coloquialismos por aquí, explicaciones obtusas por allá, gazapos de toda índole, letras ilegibles que hay que descifrar releyendo una y otra vez, ahora explicaciones parcas, luego circunloquios que no dicen nada. Un texto sin mil tildes que contar para ponderar; otro al que le sobran otras mil y hay que volver a contar. Este ha obtenido con un examen similar tres décimas de más; voy a volver a este a ver si le he puesto tres centésimas de menos.

Jugamos a hacer alquimia, inventamos un sinfín de normas en aras de una supuesta objetividad totalmente ficticia (y, aun así, no deja de ser una de las mejores herramientas: el examen escrito) y nos convertimos en empacadoras que tragan cantidades ingentes de papel y las vomitan bien ordenadas, evaluadas y calibradas para decidir quién se merece tener un mejor futuro. Ser corrector, para mí, es sinónimo de rozar la locura, y siempre temo cuando llega la época de encerrarse: veo el bolígrafo rojo y me entran los siete males.

En medio de esa saturación, sé que ahí también se juega algo importante: leer con atención lo que otro ha intentado decir. Corregir no es solo contar errores, sino enfrentarse a los límites del lenguaje, al esfuerzo torpe de pensar por escrito. Quizá por eso cansa tanto: porque no corregimos papeles, sino intentos, y eso siempre merece la pena.


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Pronto #Microrrelato

—Solo me deja llevarlo un rato.
—¿Por qué?
—Porque dice que es muy caro y que lo voy a perder, pero que algún día será mío.
—¿Cuándo?
—Dice que cuando muera.
—¿Y dónde está ahora?
—No lo sé. Hoy no volvió para comer. —Una ambulancia dobló la esquina sin sirena. Las farolas acababan de encenderse.— Ya es tarde, anochece, deberíamos irnos.
—¿Y tú sabes leer la hora? Yo sí sé.
—¿Me la dices?
—No es esa hora, está adelantado.
—Siempre llega pronto a los sitios.
—Entonces tendrás tu reloj pronto.


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Julio Ramón Ribeyro en #FragmentosAlMargen

«Comprobación interesante: hasta qué punto la labor creadora implica la autodestrucción del creador. Escribir es como hacer el amor: una cosa brutal, fatigante, en la cual morimos y renacemos. Luego de escribir una página caigo extenuado en la cama, los ojos ardientes, la náusea del tabaco y la sensación de la consumisión física. Y ello es el precio de veinte líneas, ni buenas ni malas, que serán probablemente corregidas o eliminadas, pero en cuya elaboración hemos puesto lo mejor de nosotros mismos».

Julio Ramón Ribeyro — La tentación del fracaso.


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#CafeDominical del 08/02/26

Como cada domingo y como cada día, enciendo la cafetera y cojo el teléfono. Reviso las redes sociales y casi nunca me detengo a pensarlo, pero doy por hecho que son acciones que realizo como un sujeto libre. Sin embargo, estos gestos ya me los sé, no están exentos de libertad.
Me sirvo el café y pienso en que no es casual que el café sea una de mis bebidas favoritas y a la vez sea una de las que más beneficia al sistema por lo estimulante.
Paladeo la espuma y sigo haciendo «scroll». Igual de estimulantes son las redes sociales. Pienso en que me hacen bien, en que me informo, me inspiran, me estimulan.
Esta semana la polémica ha estado servida con la norma del Gobierno para prohibir las redes sociales a menores de dieciséis, los mandamases de las tecnológicas no han dudado en alzar la voz camuflando su molestia porque va radicalmente en contra de sus intereses —y teme una reacción en cadena de los demás países europeos— bajo un argumento propio de la retórica del opresor: quieren coartar vuestra libertad, dicen.
Doy un sorbo y se me viene a la mente La vida instrucciones de uso, de Perec. Un edificio entero descrito habitación por habitación, vida por vida, bajo la apariencia de un caos minucioso. Nada parece sometido a una autoridad central y, sin embargo, todo obedece a un sistema de reglas férreas que el lector no ve, pero que lo sostienen todo.
En la novela de Perec no hay libertad absoluta, pero tampoco opresión: hay un marco común que hace posible que cada historia exista. Las reglas no se ocultan ni se disfrazan de espontaneidad; están ahí, incluso cuando no se explicitan.
Quizá el problema de nuestro tiempo no sea la norma, sino haber aceptado durante años reglas invisibles impuestas por intereses privados que se presentan como libertad. Nadie nos prohíbe hacer scroll; simplemente hemos aprendido a hacerlo.
Termino el café. El edificio sigue en pie. Yo también sigo dentro.


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Cómo no escribir una novela (2010), de Howard Mittelmark & Sandra Newman

En la vida no basta con saber qué se quiere: también es fundamental tener claro qué no. Pues con esto de narrar sucede más de lo mismo, y es que esta es la premisa de la que han partido Howard Mittelmark y Sandra Newman a la hora de escribir este manual. Ambos autores han aprovechado la experiencia que han obtenido por haber trabajado con editoriales de NuevaYork de la talla de Viking, Penguin, HarperCollins, Scholastic, Simon & Schuste o Random House para ofrecernos su sabiduría a los aprendices de esto.

El trabajo consta de 200 errores habituales agrupados en torno a cuatro grandes partes: la primera estaría relacionada con los errores más frecuentes que se cometen en la trama; la segunda parte está destinada a los personajes; la tercera está reservada a cuestiones de estilo; por último, la cuarta, se dedica a analizar la figura del narrador. Cada uno funciona como una galería de horrores narrativos comentados con ironía editorial. No hay solemnidad ni dogmatismo: hay oficio. Se nota que hablan desde la mesa de trabajo del editor que ha leído demasiados manuscritos malos y que, en lugar de pontificar, decide reírse un poco del desastre. El humor no es un adorno, es una estrategia didáctica: el lector baja la guardia y, cuando quiere darse cuenta, se reconoce en más de un error.

Con grandes dosis de humor, estos editores han creado este manual la mar de divertido. Ese punto de partida no es solo un recurso retórico, sino la columna vertebral del libro. Cómo no escribir una novela avanza como un catálogo de errores, sí, pero sobre todo como una pedagogía negativa: no te dice cómo hacerlo bien, sino por qué lo haces mal. Y ahí está su acierto. Frente a los manuales que prometen recetas, Mittelmark y Newman optan por el bisturí: desmontan clichés, escenas fallidas, personajes imposibles y tramas infladas para que el lector aprenda por contraste, casi por vergüenza ajena.

La estructura de los capítulos es bastante útil en cuanto que todos siguen la misma estructura: crean un resumen al inicio para que sepas de qué va a tratar, lo cual es útil si hay aspectos que no interesan, y proponen ejemplos prácticos sobre los errores. Reconozco que muchos de estos me los he saltado, pero se agradece su presencia ya que este es un manual para tenerlo siempre presente y recurrir a él de cuando en cuando.

El estilo no es nada pomposo ni posee jerga narratológica compleja, los autores te hablan con un registro muy coloquial y creo que es todo un acierto, pues su objetivo no es llegar a escritores profesionales, ya que, dado su contenido, busca como lector a aquellas personas que se inician en el oficio del narrar o que no tienen mucha andadura. A medida que uno lo lee puede llegar a la conclusión de que muchos de los errores que se plantean podrían parecer demasiado obvios, pero sorprende cuando uno participa en talleres de narrativa o lee literatura menor, puede comprobar cómo los textos están plagados de muchos de los errores que aquí se advierten. Por mencionar algunos:

  1. Retrasar el inicio de la acción durante demasiadas páginas.
  2. Comenzar con el protagonista levantándose de la cama.
  3. Ahogar la narración en detalles que no conducen a nada.
  4. Confundir ambientación con relleno: explayarse con todo lujo de detalles tanto en el ambiente como en la psicología del personaje escribiendo páginas y más páginas que no tienen utilidad.
  5. Cambios en los tiempos verbales de una forma impredecible: uso indebido de los pasados, saltos hacia adelante y hacia atrás constantes que enmarañan y dificultan la compresión.
  6. Crear historias de amor en las que se fuerza una química instantánea sin conflicto ni proceso: los personajes son guapisímos/as y están dispuestos desde el primer momento a tener una historia de amor preciosa. Además, su razón de ser en el mundo es vivir una historia de amor.
  7. Personajes que no saben por qué actúan como actúan.
  8. Personajes que explican su vida entera en un encuentro irrelevante.
  9. Diálogos que solo sirven para informar al lector (exposición disfrazada).
  10. Crear misterios o problemas narrativos que no se resuelven.
  11. Introducir subtramas que no vuelven a aparecer o no afectan a la historia.
  12. Usar coincidencias salvadoras para salir del lío.
  13. Abusar del narrador explicando lo que el lector ya ve.
  14. Repetir la misma idea con distintas frases.
  15. Personajes secundarios intercambiables: todos hablan igual.
  16. Metáforas y adornos que suenan “literarios” pero no precisan nada.
  17. Cambiar el tono a mitad de camino sin que la historia lo sostenga.
  18. Hacer un final espontáneo que surge de la nada y no cierra la trama.
  19. Rematar con moralina y sobreexplicación del “mensaje”.
  20. Terminar apagando el conflicto en vez de resolverlo (final desinflado).

En definitiva, este manual no te enseña a escribir una novela, pero sí a detectar cuándo estás escribiendo una mala. Y eso, para quien ya ha pasado la fase ingenua, es mucho más útil. No hay promesas de talento ni atajos creativos: solo una idea incómoda y honesta que atraviesa todo el volumen, y romperlo exige lectura crítica, paciencia y una buena dosis de autocrítica.


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Nota al margen del aula #7

Hay una etimología preciosa de la que creo no se habla lo suficiente y no es otra que la de la propia palabra «educar». Se considera generalmente que proviene de «educare», que significa guiar o alimentar. Pero no es la única raíz  posible, no se puede negar que también  proceda del latín «ex ducere», que significa literalmente sacar hacia fuera, extraer lo que ya está dentro. Considero esta última  etimología una de las más fértiles si entendemos la educación no como mera transmisión de contenidos, sino como un proceso de toma de conciencia, de hacer visible y pensable aquello que ya se intuye, se practica o se usa sin saber muy bien cómo ni por qué.

El otro día, un alumno me hizo la pregunta clásica —no la de Broncano—: «¿Y esto [de la morfología] a mí para qué me sirve [cuando voy a comprar el pan?]». Un profesor con el paso de los años va acumulando respuestas e ideas de todo tipo para que no lo pillen desprevenido.

En lo que se refiere a la materia de Lengua veo totalmente comprensible que se hagan esa pregunta. Para qué tienen que estudiar algo que ya saben usar —desde el punto de vista competencial desde luego que cuesta sostenerlo—. Y mi respuesta va en esa dirección: «todo lo que estudiáis, todo lo que leéis en un libro, de algún modo ya lo lleváis dentro. Lo único que yo puedo hacer es invitaros a reflexionar, a que os paréis a pensar en por qué decís las cosas como las decís: cómo ordenáis las palabras, por qué se relacionan mediante la concordancia, por qué elegís ese tiempo verbal y no otro, qué importancia tiene la elección de una palabra y no de otra…» Vygotsky sostiene que el aprendizaje no consiste solo en adquirir contenidos nuevos, sino en transformar la experiencia en pensamiento consciente. El lenguaje se domina mucho antes de comprenderlo: primero lo usamos, después aprendemos a pensarlo. De ahí que el verdadero aprendizaje en Lengua no sea aprender a hablar, sino desarrollar una conciencia sobre ese uso, convertir una práctica cotidiana en conocimiento reflexivo.

«todo lo que estudiáis, todo lo que leéis en un libro, de algún modo ya lo lleváis dentro»

Esto puede explicarse con Newton y su trabajo: la gravedad no apareció de pronto con sus formulaciones: los cuerpos caían mucho antes de que alguien se detuviera a describir por qué lo hacían. Sin embargo, entre experimentar un fenómeno y comprenderlo hay una distancia enorme. Newton no descubrió que las cosas caen, sino que fue capaz de observar ese hecho cotidiano, aislarlo, pensarlo y darle una forma que permitiera explicarlo, nombrarlo y transmitirlo. Ahí es donde comienza realmente el conocimiento.

Si lo pensamos con algo más de rigor, todo conocimiento nace siempre en un sujeto, nunca en el exterior. El mundo no produce saber por sí mismo: lo que hace es ofrecer ocasiones para que el pensamiento se active. Spinoza lo formuló con claridad al afirmar que conocer no es recibir ideas desde fuera, sino comprender las causas de lo que ocurre, transformar una experiencia confusa en una idea adecuada para aumentar la potencia o capacidad del sujeto. El conocimiento, así entendido, no va simplemente de dentro hacia fuera o de fuera hacia dentro, sino que describe un movimiento circular: parte del sujeto, se confronta con la realidad y regresa a él convertido en mayor potencia de pensar. No todos alcanzan el mismo grado de comprensión, pero el procedimiento es común: nadie conoce por delegación, nadie aprende sin rehacer por dentro ese camino.

Cuando le respondí esto el alumno se quedó mirándome fijamente. No dijo palabra alguna. Yo tampoco. Después de un breve silencio, proseguí, como siempre lo hago cada vez que doy este tipo de explicaciones, con la incógnita de si sirvió de algo.


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Viento de arrastre #Microrrelato

Ya está aquí otra vez la corriente de aire. Al principio fue una brisa leve que abría la ventana y me provocaba estornudos, pero cada vez volvió con más fuerza, hasta enfermarme. Me asusté la primera vez que arrancó las macetas del balcón y me dejó una tos persistente. Entendí de qué iba el día que mi padre salió volando y a mí me dejó el cuerpo magullado. La última vez se llevó la casa y casi no lo cuento. Ahora no sé a por qué viene este tornado. Supongo que a por mi nombre que está en el buzón.


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John Williams en #FragmentosAlMargen

«En su año cuarenta y tres de vida, William Stoner aprendió lo que otros, mucho más jóvenes, habían aprendido antes que él: que la persona que uno ama al principio no es la persona que uno ama al final, y que el amor no es un fin sino un proceso a través del cual una persona intenta conocer a otra.»

John Williams — Stoner